Humano, demasiado humano

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Pensar como historiador significa imaginarse que en todos los tiempos la historia hubiera tenido como consigna «hacer lo menos posible en el mayor tiempo posible». ¡Ah, la historia griega corre tan rápida! Nunca hubo vida tan pródiga, tan excesiva. No puedo convencerme de que la historia de los griegos haya tomado ese curso natural que tanto se celebra en ella. Estaban provistos de dones demasiado múltiples para ir progresivamente, paso a paso, a la manera de la tortuga que luchara en la carrera con Aquiles, y esto es lo que se llama desenvolvimiento natural. Entre los griegos se avanza aprisa, pero se retrocede también aprisa; la marcha de toda la máquina es tan intensa, que una sola piedra arrojada bajo sus ruedas la hace saltar. Una de estas piedras fue, por ejemplo, Sócrates; en una sola noche la evolución de la ciencia filosófica, hasta entonces tan maravillosamente regular, pero también demasiado prematura, quedó destruida. No es cuestión ociosa preguntar si Platón, quedando libre del encanto socrático, no hubiera encontrado un tipo más elevado todavía del hombre filósofo, perdido para nosotros para siempre. Se quiere ver en los tiempos anteriores a él, como en un taller de escultor, muestras de semejantes tipos; pero los siglos V y VI prometieron más que produjeron. Y, sin embargo, apenas hay pérdida más sensible que al de un tipo, la de una forma nueva de la vida filosófica. Aún la mayor parte de los tipos distinguir entre los filósofos anteriores: Aristóteles mismo parece no tener ojos para esto. Como si tales filósofos hubiesen vivido en vano, como si no hubieran hecho más que parar los batallones parlanchines de las escuelas socráticas. Hubo una ruptura en la serie de la evolución: alguna catástrofe hubo de acontecer; el único tipo que prometía, se rompió en mil pedazos: en el taller quedó sepultado el secreto de esta desgracia. Lo que entonces aconteció entre los griegos —que todo gran pensador, creyéndose en posesión de la verdad absoluta, vino a ser un tirano—, acaece en épocas recientes, aunque no con la candidez de conciencia de los filósofos griegos. En nuestra época tiene más fuerza la doctrina contraria, el escepticismo: posó la edad de los tiranos intelectuales. En las esferas de la cultura superior siempre hay alguna dominación, pero de hoy más, este dominio está en manos de la oligarquía del espíritu. Forma entre todas las naciones una sociedad coherente, cuyos miembros se conocen y se reconocen, a pesar de la opinión pública y de los críticos. La superioridad intelectual, que en otro tiempo dividía, hoy une: ¿cómo podría un hombre nadar contra la corriente si no viene aquí y allá quien le dé la mano contra el carácter oligarca de la semicultura? Los oligarcas se necesitan mutuamente y se comprenden, por más que cada uno sea libre y en su terreno quiera ser el primero.


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