Humano, demasiado humano
Humano, demasiado humano EL PORVENIR DEL MATRIMONIO.— Las mujeres nobles, de espÃritu libre, que toman por tarea la educación y ennoblecimiento de su sexo, no deberÃan descuidar el siguiente punto de vista: el matrimonio, concebido en su más alta acepción, como la unión de las almas de dos seres humanos de diferente sexo, y consumado, como se espera en lo porvenir, por la reproducción y educación de una generación nueva, tal elemento que no usa del elemento sensual sino como de un medio raro para un fin superior, tiene necesidad imperiosa —preciso es que lo comprendamos— de un auxiliar: el concubinato, pues si para salud del hombre, la mujer casada debe servir también de satisfacción del deseo sexual, será un punto de vista falso contrario a los fines propuestos el que dirija la elección de esposa, con lo que el cuidado de la prole será accidental y la educación de ella inverosÃmil. Una buena esposa debe ser amiga, coadjutora, reproductora, madre, jefe de la familia, ama de gobierno, y al mismo tiempo, independientemente del hombre, ocuparse de sà misma; por eso no puede ser a la vez concubina: esto serÃa pedirle demasiado. PodrÃa entonces suceder en lo porvenir lo contrario de lo que pasó en Atenas en el siglo de Pericles: los hombres que tenÃan entonces sus mujeres como concubinas, hubieron de inclinarse hacia las Aspasias, porque aspiraban a la posesión de los atractivos de un comercio libertador del cerebro y del corazón, que sólo puede procurar al hombre el encanto y la flexibilidad intelectual de las mujeres. Todas las instituciones humanas, como el matrimonio, no soportan sino cierto grado moderado de idealización en la práctica; de otro modo, se hace inmediatamente necesario echar mano de tópicos groseros.