Humano, demasiado humano

Humano, demasiado humano

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CUESTIÓN DE PODER, NO DE DERECHO.— Para los hombres que en todo consideran la utilidad superior, no hay en el socialismo, en el caso de que fuera realmente la sublevación de los hombres oprimidos, rebajados durante siglos, contra sus opresores, un problema de derecho (que comprende esta cuestión ridícula: «¿en qué medida se debe ceder a sus exigencias?»). Es igual que si se tratase de una fuerza natural, por ejemplo, del vapor, que o bien está constreñido por el hombre a su servicio, como un genio de las máquinas, o bien cuando hay defectos en la máquina, es decir, defectos de cálculo humano en su construcción, destroza la máquina y el hombre al mismo tiempo. Para resolver esta cuestión de poder, es necesario saber cuál es la fuerza del socialismo, bajo qué forma; en el juego actual de las fuerzas políticas puede ser utilizado en calidad de resorte poderoso; en ciertas condiciones sería necesario no omitir esfuerzo para fortificarlo. La humanidad debe, a propósito de toda gran fuerza —aun de la más peligrosa— pensar en hacer de ella un instrumento para servir sus designios. Para que el socialismo adquiera un derecho, es necesario por de pronto que parezca haber venido para la lucha entre los dos poderes, los representantes de lo antiguo y de lo nuevo, y que entonces el cálculo prudente de las probabilidades de conservación y de utilidad en los dos partidos haga nacer el deseo de un contrato. Sin contrato no hay derecho. Hasta ahora no hay en este terreno ni guerra ni contratos, y por consiguiente, ni derecho ni «deber».


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