Humano, demasiado humano
Humano, demasiado humano EL HOMBRE DE LAS PASIONES.— El hombre de Estado provoca las pasiones públicas para sacar el provecho de la pasión contraria que aquéllas despiertan. Tomemos un ejemplo: un hombre de Estado alemán sabe bien que la Iglesia católica no tendrá jamás designios idénticos a los de la Rusia, que aun antes que a ella unirÃa a los turcos; de otro lado, sabe que todo peligro de alianza entre Francia y Rusia es una amenaza para Alemania. Si puede entonces hacer de Francia el hogar y trinchera de la Iglesia católica, encuentra que se ha descartado por largo tiempo de ese peligro. Tiene, por consiguiente, interés en mostrar odio contra los católicos, y por medio de hostilidades de toda naturaleza en hacer de aquéllos que reconocen la autoridad del Papa una potencia polÃtica apasionada, que será hostil a la polÃtica alemana y naturalmente se amalgamará con la Francia en calidad de adversario de Alemania; tiene a la catolización de Francia, tan necesariamente como Mirabean veÃa en su descatolización la salvación de su patria. Un Estado se propone asà el embrutecimiento de millones de cerebros en otro Estado, para sacar de esa embrutecimiento el mayor provecho. Es la misma tendencia de espÃritu que presta apoyo al establecimiento en el Estado vecino de la forma republicana —el desorden organizado, como dice Mérimée— por la sola razón de que cree que esta forma de gobierno hace al pueblo más débil, más dividido, menos apto para la guerra.