Humano, demasiado humano
Humano, demasiado humano Después de estas luchas de transición, que quizá duren largo tiempo, se decidirá por fin la cuestión: si los partidos religiosos son bastante fuertes para volver a su estado antiguo y dar máquina atrás, en este caso es inevitablemente el despotismo ilustrado (quizá más tÃmido que antes), el cual tomará al Estado por la mano; o bien los partidos irreligiosos adquirirán la superioridad, y entonces suprimirán y harán imposible la reproducción de sus adversarios después de algunas generaciones. Pero entonces también en éstos disminuirá ese entusiasmo por el Estado: aparecerá más y más claramente que con esa adoración religiosa, según la cual el Estado es un misterio, una institución sobrenatural, se han quebrantado también el respeto y la piedad en sus relaciones con él. Por lo mismo, los individuos lo mirarán desde el lado en que pueda serles útil o nocivo, y se dedicarán por todos los medios a tener influencia sobre él. Solamente que esta concurrencia se hará muy pronto demasiado grande, los hombres y los partidos variarán demasiado ligeros, se precipitarán ferozmente unos sobre otros hasta la falda de la montaña, apenas llegados a su cumbre. Faltará a todas las medidas que adopten los gobiernos la garantÃa de su duración; se retrocederá ante empresas que deberÃan tener durante decenas y centenas de años un crecimiento lento y seguro para tener tiempo de madurar su frutos. Nadie sentirá ya, ante una ley, otro deber que el de inclinarse momentáneamente delante de la fuerza que la ha producido; pero pronto se emprenderán trabajos de zapa por una fuerza nueva, por una nueva mayorÃa que habrá de formarse. Al fin —esto puede declararse con seguridad—, la desconfianza hacia todo gobierno, la inteligencia de lo que tienen de inútil y de extenuante estas luchas, llevarán a los hombres a una resolución enteramente nueva: a la supresión de la oposición «privada y pública». Las sociedades privadas atraerán hacia sÃ, paso a paso, los asuntos del Estado, aun la pieza más sólida que quedará de la antigua labor del gobierno (aquella función, por ejemplo, que debe garantir a los particulares contra los particulares), asegurada un dÃa por emprendedores privados. El descrédito, la decadencia y la muerte del Estado, la manumisión de la persona privada (no tengo recelo de decir del individuo), es la consecuencia de la idea democrática del Estado: en eso consiste su misión. Una vez realizada su tarea —que, como toda cosa humana, lleva en su seno mucho de razón y de sinrazón—, una vez vencidas todas las recaÃdas de la antigua enfermedad, se añadirá una página al romancero de la humanidad, en el cual se leerán historias extrañas, y quizá también algunas cosas buenas. Repitiendo brevemente lo que acabamos de decir: el interés del gobierno tutelas y el interés de la religión marchan de la mano; de manera que si ésta comienza a perecer, el interés del Estado será quebrantado. La creencia en un orden divino de las cosas polÃticas, en un misterio en la existencia del Estado, es de origen religioso: desaparecida la religión, el Estado perderá inevitablemente su antiguo velo de Isis y no recobrará más su respeto. La soberanÃa del pueblo, vista de cerca, servirá para hacer desvanecer hasta la magia y la superstición última en el dominio de estos sentimientos; la democracia moderna es la forma histórica de la decadencia del Estado. La perspectiva que ofrece esta decadencia cierta no es, por otra parte, desgraciada bajo todos los aspectos: la habilidad y el interés de los hombres son, de todas sus cualidades, la mejor formada: cuando el Estado no corresponda ya a las exigencias de estas fuerzas, no será por cierto el caos el que le sucederá en el mundo, sino que será una invención mucho más apropiada que el Estado la que triunfará del Estado, del mismo modo que la comunidad ha visto ya perecer potencias organizadoras, por ejemplo, la de la comunidad de la raza, que durante muchos años fue mucho más poderosa que la de la familia. Aún nosotros mismos vemos que la importante idea del derecho y del poder de la familia, en otro tiempo dominante en toda la extensión del mundo romano, se va tornando cada dÃa más pálida y más débil. AsÃ, una raza futura verá el Estado perder su importancia en algunas regiones de la tierra, concepto en el cual muchos hombres del presente apenas pueden pensar sin temor y sin horror. Trabajar en propagar y en realizar este concepto es, a la verdad, asunto distinto: es necesario tener una idea soberbia de su razón y comprender a medias la historia, para poner desde ahora la mano en el arado, en el tiempo en que nadie es capaz de mostrar todavÃa las semillas que deberán sembrarse en el terreno labrado. Tengamos, pues, confianza en la «habilidad y en el interés de los hombres» para mantener todavÃa ahora al Estado durante un buen rato y rechazar los ensayos de los semisabios en extremo celosos y demasiado apresurados.