Humano, demasiado humano
Humano, demasiado humano RELIGIÓN Y GOBIERNO.— Luego de que el Estado, o más claramente el gobierno, se cree establecido como un tutor de una masa menor, y se proponga, por causa de ella, la cuestión de saber si la religión debe ser sostenida o dejada de la mano, es de todo punto probable que se determinará siempre por el mantenimiento de la religión, pues la religión pacÃfica, la conciencia individual en los tiempos de pérdidas, de escaseces, de terror, de desconfianza, y por consiguiente, en aquello en que el gobierno se encuentra incapacitado para obrar directamente, por tratarse del alivio de los sufrimientos morales del hombre privado. Hay más todavÃa: aun en los males generales inevitables y que no pueden preverse, hambres, crisis pecuniarias, guerras, la religión asegura una actitud de las masas tranquila, de expectación, de confianza. En todas partes donde las lagunas necesarias u ocasionales del gobierno, o bien las peligrosas consecuencias de intereses dinásticos, se hacen sentir para el hombre inteligente y le predispone a la rebelión, los no inteligentes creen ver el dedo de Dios y se someten con paciencia a las disposiciones de lo alto (concepto con el cual se confunden de ordinario las maneras de gobernar divinas y humanas): asÃ, la paz interior y la continuidad de la religión se encuentran garantidas. El poder que reside en la unidad del sentimiento popular, en opiniones y fines iguales para todo, es protegido y sellado por la religión, salvo los raros casos en que un clérigo se olvida de ello y entra en lucha con la fuerza gubernativa. De ordinario, el Estado sabrá atraerse a los sacerdotes porque tiene necesidad de su educación de las almas, privada y oculta, porque sabe apreciar a servidores que aparente y exteriormente representan un interés muy distinto. Sin la ayuda de los sacerdotes, aún hoy ningún poder llegarÃa a ser «legÃtimo», como lo comprendió Napoleón. AsÃ, van siempre juntos un gobierno absoluto y un mantenedor absoluto de la religión. Por otra parte, es necesario sentar en principio que el personal y las clases dirigentes están edificadas sobre la utilidad que les asegura la religión y por consiguiente, hasta cierto punto se sienten superiores a ella, desde que la emplean como medio: fue también lo que dio origen a la libertad de pensamiento. Pero ¿qué sucederá si una concepción totalmente distinta de la idea de gobierno, cual hoy se enseña en los Estados democráticos, comienza a difundirse? ¿Qué sucederá si no se ve en el gobierno más que al instrumento de la voluntad del pueblo, y no su superioridad en comparación de una inferioridad, sino exclusivamente una función del soberano único, es decir, del pueblo? En este caso, el gobierno toma, en orden a la religión, la misma posición del pueblo; toda difusión de cultura deberá tener su resonancia hasta en sus representantes, la utilización y explotación de las impulsiones y consuelos religiosos con fines polÃticos, no será fácilmente posible (a menos que jefes de partidos poderosos no ejerzan influencia semejante a la del despotismo ilustrado). Pero cuando el Estado no puede ya sacar él mismo utilidad de la religión o el pueblo tenga sobre las cosas de religión diversas opiniones para que sea posible al gobierno seguir en las cosas concernientes a la religión con una conducta idéntica y uniforme, el remedio que se presentará necesariamente será tratar a la religión como un asunto privado y relacionarla con la conciencia y las costumbres de cada cual. Consecuencias de ello: el sentimiento religioso aparecerá robustecido en el sentido de que las excitaciones ocultas y oprimidas a las cuales el Estado, voluntaria o involuntariamente, no suministraba aire vital, harán entonces explosión y se dilatarán hasta el extremo; más tarde se demostrará que se han sembrado a profusión dientes de dragón en el campo religioso, desde el instante en que se hace de él un asunto privado. El espectáculo de la lucha, la revelación hostil de todas las doctrinas religiosas, permitirá un sólo remedio, y es que los mejores y mejor dotados hagan de la religión su negocio privado, y sobre todo, este estado de espÃritu dominará entonces aun en el 2espÃritu del personal gubernativo, y casi a despecho de su voluntad, dará a las medidas que tome carácter antirreligioso. Una vez que esto se produzca, la tendencia de los hombres animados todavÃa por sentimientos religiosos, que antes adoraban al Estado como cosa sagrada, a medias o totalmente, se trocará en otra tendencia decididamente hostil al Estado; aborrecerán las medidas de gobierno, tratarán de detenerlo, de atravesarse en su camino, de inquietarlo en la medida de su poder, y obligarán asÃ, por el calor de su oposición, a los partidos contrarios, los irreligiosos, a entrar en un entusiasmo casi fanático por el Estado, a todo lo cual vendrá a unirse un motivo secreto: que en estos partidos los corazones sentirán un vacÃo después de su ruptura con la religión, y procurarán crearse un sucedáneo, una especia de bocamina, en su amor al Estado.