Humano, demasiado humano
Humano, demasiado humano Todo hombre sano, laborioso, inteligente, activo de un pueblo tan ávido de las coronas de la gloria política, está dominado por esa avidez y no se entrega a su labor tan completamente como en otro tiempo; los problemas y las inquietudes diariamente renovados por el bien público, devoran porción considerable del capital de la cabeza y del corazón de cada ciudadano; la suma de todos estos sacrificios y pérdidas de energía y de trabajo individuales, es tan enorme, que el florecimiento político de un pueblo acarrea casi necesariamente su empobrecimiento y debilitamiento intelectual, y una disminución de capacidad para las obras que exijan mucha concentración y atención. Finalmente, puede uno preguntarse: «¿Se encuentra el propio provecho en todo este florecimiento y magnificencia del conjunto (que, en último término, no se manifiesta sino en el espanto de los otros Estados a la vista del coloso nuevo, y en una protección arrancada al extranjero para la prosperidad industrial y comercial de la nación)? Y a estas flores groseras y pintarrajeadas, ¿deben sacrificarse las plantas y hierbas más tiernas y más intelectuales, cuyo suelo era hasta entonces tan rico?».
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REPITÁMOSLO.— Opiniones públicas, perezas privadas.