Humano, demasiado humano
Humano, demasiado humano INCREDULIDAD EN «EL MONUMENTUM AERE PERENIUS».— Una desventaja que trae consigo la desaparición de las miras metafísicas, consiste en que el individuo restringe demasiado su mirada a su corta existencia y no siente ya fuertes impulsos por trabajar en instituciones duraderas; quiere coger él mismo los frutos del árbol que exigen cultivo especial durante siglos y que están destinados a cubrir con su sombra a muchas generaciones. Pues las miras metafísicas dan la creencia de que en ellas se encuentra el último fundamento valedero y legítimo sobre el cual tiene que establecerse y edificarse necesariamente en adelante el porvenir de la humanidad; el individuo da un gran paso adelante en la senda de su salvación, cuando, por ejemplo, funda una iglesia o un monasterio; esto lo será —piensa él— contado y puesto en su haber en la eterna vida de las almas; es trabajar por la salvación eterna de las almas. ¿Puede la ciencia despertar semejante creencia en sus resultados? La ciencia emplea como a sus más fieles asociados la duda y la desconfianza; con el tiempo, sin embargo, la suma de verdades intangibles, es decir, que sobrevivan a todas las tempestades del escepticismo, a todos los análisis, puede hacerse bastante grande (por ejemplo, en la higiene de la salud), para que alguien se determine a fundar obras «eternas». Entretanto el contraste de nuestra existencia efímera, agitada por el reposo de largo aliento de las edades metafísicas, trabaja todavía con demasiado vigor, porque las dos épocas están aún muy cercanas; el hombre aislado tiene que examinar demasiadas evoluciones interiores y exteriores para que se atreva a establecer nada que no sea para su propia existencia de manera durable y de una vez por todas. Un hombre completamente moderno, que quiere, por ejemplo, construirse una casa, siente del mismo modo que sentiría si quisiera, estando vivo, meterse en un mausoleo.