Humano, demasiado humano

Humano, demasiado humano

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SOBRE LO MISMO.— Haya lo que hubiera de aumento o disminución acerca de esto, en el estado presente de la filosofía, el despertar de la observación psicológica es necesario. El aspecto cruel de la mesa de disección psicológica, de sus escalpelos y de sus pinzas, no puede evitarse a la humanidad. Allí está el dominio de esta ciencia que se pregunta el origen y la historia de los sentimientos llamados morales, y que en su marcha debe proponer y resolver los problemas complicados de la sociología. La antigua filosofía no conocía estos últimos y siempre trató de evitar la investigación del origen y de la historia de las estimaciones humanas, bajo la sombra de pobres refugios; por eso puede hoy verse con bastante claridad que los errores de los más grandes filósofos son de ordinario su punto de partida para una explicación falsa de ciertas acciones y ciertos sentimientos humanos; del mismo modo que se funda sobre la base de un análisis erróneo, por ejemplo, el de las acciones llamadas altruistas, una ética falsa, y después, por amor a ella, se apela a la ayuda de la religión y la nada mitológica, y, en fin, las sombras de esos confusos fantasmas se introducen en la física y en la consideración del mundo. Pero si está confirmado que la falta de profundidad en la observación psicológica ha tenido y continúa tendiendo peligrosos lazos para los juicios y razonamientos humanos, lo que hoy se necesita es la austera perseverancia en el trabajo que no se cansa jamás de colocar piedra sobre piedra, guijarro sobre guijarro; es el valor que permite no sonrojarse por una labor tan modesta y desafiar todos los desdenes que pueda ocasionar. Por último, he aquí otra verdad: gran número de observaciones sobre lo humano, demasiado humano, han sido desde luego descubiertas y expuestas en esferas de la sociedad acostumbradas a hacer por ello toda clase de sacrificios, no por la indagación científica, sino por espiritual deseo de satisfacción; y el perfume de esa antigua patria de la máxima moral, perfume muy seductor, ciertamente, se ha unido casi indisolublemente al género todo, aunque en su provecho y por cuenta propia el hombre de ciencia deja involuntariamente ver alguna desconfianza contra el género y su valor serio. Basta apuntar las consecuencias, puesto que desde ahora se comienza a ver qué resultados de la más seria naturaleza nacen sobre el suelo de la observación psicológica. ¿Qué es esto, sin embargo, sino el principio al que ha llegado uno de los pensadores más osados y más fríos, el autor del libro Sobre el origen de los sentimientos morales, gracias a su análisis incisivo y decisivo de la conducta humana? «El hombre moral —dice— no está más cercano del mundo inteligible metafísico, que el hombre físico». Esta proposición, nacida con su dureza y su filo, bajo los golpes de martillo de la ciencia histórica, podrá llegar a ser, en un porvenir cualquiera, el hacha con que se atacará la raíz de la «necesidad metafísica» del hombre. Si esto será para bien del hombre o atraerá sus maldiciones, ¿quién podrá decirlo? Pero, en todo caso, subsiste una proposición de la más grave consecuencia, fecunda y terrible a la vez, que mira al mundo con esa doble vista que tienen todas las grandes ciencias.


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