Humano, demasiado humano
Humano, demasiado humano OBJECIÓN.— ¿SerÃa necesario suponer que la observación psicológica forma parte de los medios de atracción, de salud y alivio de la existencia? ¿SerÃa necesario decir que se está bastante convencido de las consecuencias enfadosas de este arte, para separar intencionalmente la vista de los educadores? En efecto; cierta fe ciega en la bondad de la Naturaleza humana, cierta repugnancia hacia la descomposición de las acciones humanas, cierta especie de pudor con relación a la desnudez de las almas, podÃan ser realmente cosas más dignas de desearse para la felicidad total de un hombre, que aquella cualidad, ventajosa en casos particulares, de la penetración psicológica, y quizá la creencia en el bien, en los hombres y en los actos virtuosos, en una plenitud de bienestar impersonal en el mundo, haya hecho mejores a los hombres, en el sentido de que los hacÃa menos desconfiados. Si se imita con entusiasmo a los héroes de Plutarco, repugna inquirir dudando los motivos de sus acciones. El error psicológico y generalmente la groserÃa en estas materias ayuda a la humanidad a ir adelante, al paso que el conocimiento de la verdad gana siempre más y más por la excitante fuerza de una hipótesis que La Rochefoucauld, en la primera edición de sus Sentencias y máximas morales, exponÃa asÃ: Lo que el mundo llama virtud no es ordinariamente sino un fantasma formado por nuestras pasiones, al que se da un nombre honrado para hacer impunemente lo que uno quiere. La Rochefoucauld y otros franceses maestros por el examen de las almas (a los cuales se ha unido recientemente un alemán, el autor de las Observaciones psicológicas), se asemejan a diestros tiradores, que tocan siempre el centro, pero el centro de la Naturaleza humana. Su arte causa admiración, pero al fin el espectador que no está guiado por el espÃritu cientÃfico maldice aquél que parece inculcar en las almas el deseo del rebajamiento del hombre.