Humano, demasiado humano
Humano, demasiado humano Schopenhauer oponía a éste el siguiente razonamiento: Puesto que ciertos actos producen, después de verificados, remordimientos («conciencia de la falta cometida»), es indispensable que exista la responsabilidad de ellos, pues que este remordimiento no tendría razón alguna de ser, si además de producirse necesariamente todas las acciones del hombre —como en efecto se producen, según la opinión del mismo filósofo—, el hombre mismo existiese, con la misma necesidad, tal cual es, lo que Schopenhauer niega. Con el hecho de ese arrepentimiento, Schopenhauer cree poder probar una libertad que el hombre debe haber tenido de alguna manera, no con relación a los actos, sino con relación al ser; libertad, por consiguiente, de ser de tal o cual manera, no de actuar de tal o cual manera. El esse, la esfera de la libertad y de la responsabilidad, tiene por consecuencia, según él, el operari, la esfera de la estricta causalidad y de la irresponsabilidad. Este arrepentimiento se refería en la apariencia al operari, y en este sentido sería erróneo, pero en realidad al esse, que sería el acto de una voluntad libre, la causa fundamental de la existencia de un individuo; el hombre sería lo que quisiera ser; su querer sería anterior a su existencia. Hay en esto, aun prescindiendo del absurdo de esta última afirmación, una falta de lógica, que del hecho del arrepentimiento se concluye de pronto la justificación, la admisibilidad racional de ese arrepentimiento; por efecto de esta falta de lógica, Schopenhauer llega a su consecuencia fantástica de la sedicente libertad inteligible. (En esta fábula Platón y Kant son cómplices por igual). Pero el arrepentimiento después de la acción no tiene necesidad de fundamento racional alguno, ni aun otra necesidad alguna, desde que descansa en la suposición errónea de que la acción no habría debido producirse necesariamente. En consecuencia, solamente porque el hombre se cree libre, no porque lo sea, siente arrepentimiento y remordimiento. Por otra parte, ese pesar es cosa de que no puede uno desprenderse, porque es habitual; en algunos hombres no existe absolutamente para ciertos actos. En esto muy variable, ligado con la evolución de la moral y de la civilización, y que quizá no existe sino en un tiempo relativamente corto de la historia del mundo. Nadie es responsable de sus actos, nadie lo es de su ser; juzgar tiene el mismo valor que ser injusto, y esto es verdad aun cuando el individuo se juzga a sí mismo. Esta proposición es tan clara como la luz del sol, y sin embargo, todos los hombres quieren volver a las tinieblas y al error, por miedo a las consecuencias.