Humano, demasiado humano

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LA FÁBULA DE LA VOLUNTAD INTELIGENTE.— La historia de los sentimientos en virtud de los cuales hacemos a alguno responsable partiendo de los sentimientos que llamamos morales, recorre las fases siguientes. Al principio se llama buenas o malas a acciones sin ninguna relación con sus motivos, sino exclusivamente por las consecuencias útiles o enojosas que tienen para la comunidad. Pero en seguida se olvida el origen de estas designaciones, y uno se imagina que las acciones en sí, en relación a sus consecuencias, entrañan la calidad de «buenas» o de «malas», cometiéndose el mismo error que al llamar dura a la piedra y verde al árbol, tomando la consecuencia como causa. Después se relaciona el hecho de ser bueno o malo a los motivos, y se consideran los actos en sí como indiferentes. Váyase algo más lejos, y entonces dase el atributo de bueno o de malo, no ya al motivo aislado, sino a todo el ser de un hombre que produce el motivo, como el terreno produce la planta. Así se hace sucesivamente responsable al hombre de su influencia primero, de sus actos después, de sus motivos a continuación, y por último, de su ser. Entonces se descubre que este ser en sí mismo no puede ser responsable, siendo como es consecuencia absolutamente necesaria y formada de los elementos y de las influencias de objetos pasados y presentes, y por lo tanto que el hombre no puede ser hecho responsable de nada, ni de su ser, ni de sus motivos, ni de sus actos, ni de su influencia. De esta manera se ve uno obligado a reconocer que la historia de las apreciaciones morales es también la historia de un error, del error de la responsabilidad, y esto porque descansa en el error del libre albedrío (arbitrio).


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