Humano, demasiado humano
Humano, demasiado humano Efectivamente, no creo que nadie haya considerado el mundo abrigando las sospechas que yo, no sólo como abogado del diablo, sino también, empleando el lenguaje teológico, como enemigo y partidario de Dios; y el que sepa adivinar algo de las consecuencias que entraña toda sospecha profunda, algo de la sensación de fiebre y de miedo y de las angustias de soledad a que se condenan todos los que están por encima de la diferencia de miras, comprenderá también cuánto tengo que hacer para descansar de mí mismo, casi para olvidarme de mi propio yo, buscando refugio en cualquier sitio, llámese hostilidad o ciencia, frivolidad o tontería; porque cuando no encontré lo que necesitaba, me lo he procurado con artificio o falsificación. ¿Han procedido de otro mundo los poetas? ¿Ha sido distinta la manera de crear el arte en el mundo? Pues bien; lo que yo necesitaba con mayor exigencia cada día para mi restablecimiento, era adquirir la creencia de que no estaba solo en el existir así, en ver desde ese prisma mágico un presentimiento de afinidad y semejanza de percepción y de deseo, un descanso en la amistad, una ceguera de dos, completa, sin intermitencia alguna, un sentimiento de placer alcanzado desde el primer momento en lo cercano, en lo vecino, en todo aquello que tiene color, forma y apariencia. Pudieran reprochárseme a este respecto no pocos «artificios», y algo también de falsa acuñación; por ejemplo, que tengo con cabal conocimiento y plena voluntad cerrados los ojos ante el ciego deseo que Schopenhauer siente por la moral desde una época en que ya tenía yo bastante clarividencia de ella; que me he engañado a mí mismo respecto al incurable romanticismo de Ricardo Wagner, como si fuera un principio, no un fin (pasándome lo propio con relación a los griegos y a los alemanes y su porvenir); hasta podría presentárseme una larga lista de observaciones. Pero aun suponiendo que todo esto fuera cierto, ¿qué sabéis, qué podréis saber de lo que haya de astucia, de instinto de conservación, de razonamiento y de precaución superior en semejante autoengaño, y de lo que necesito para que pueda permitirme siempre el lujo de mi verdad? Vivo todavía, y la vida no es, después de todo invención de la moral; quiere el engaño; vive del engaño. ¿Que no es así? ¿Que vuelvo a comenzar ya y hago de viejo inmoralista, cazador de pájaros, y que hablo de modo inmoral, extramoral, «por encima del bien y del mal»?