Humano, demasiado humano
Humano, demasiado humano Tal vez se pudiera tener mayor precaución contra tal sentimiento de piedad, si en lugar de concebir esta necesidad de los desgraciados como una necedad y un defecto de penetración, como el decaimiento de espÃritu propio del desgraciado (y La Rochefoucauld parece que lo concibe asÃ), se la viese como algo diferente, muy digno de reflexión. Se nos argüirá que se observa que no pocos niños gritan y lloran para despertar la compasión, aguardando el momento de revelar su situación; que vivimos rodeados de enfermos y de hombres de espÃritu deprimido, y que debemos preguntarnos, en consecuencia, si las quejas, y los lamentos, y la exhibición del infortunio no persiguen en el fondo el fin de hacer mal a quienes fijen su atención en ellos. Hasta podrÃa decirse que la compasión manifestada en tales casos, si es un consuelo para los débiles y los que sufren, es a la vez causa de que vean en ella por lo menos un derecho y quizá un poder, a despecho de su propia debilidad: el poder de hacer mal. El desgraciado siente una especie de gozo en el sentimiento de superioridad, que le da a conocer el testimonio de piedad; su imaginación se exalta; se halla pues, bastante poderoso siempre para causar dolores en el mundo. Por lo tanto, la sed de excitar la piedad es sed de gozo del propio yo a costa de nuestros semejantes. Exhibe el hombre en toda la brutalidad de su amor propio, pero no precisamente en su «necedad», como pensaba La Rochefoucauld. En cualquier tertulia, tres cuartas partes de los temas de conversación, y tres cuartas partes de las respuestas, tienen interlocutor; ésta es la causa por la que muchos hombres tienen verdadera sed de vivir en sociedad: la sociedad les da el sentimiento de su fuerza. En esas dosis, infinitas en número, aunque muy pequeñas, la maldad se manifiesta como poderoso medio de excitación para la vida; asà como la benevolencia, esparcida en la sociedad humana en forma análoga, es el medio de salud que siempre está pronto. Pero habrá muchas gentes honradas que confiesen que hay placer en hacer el mal, que no es raro que se viva —y se viva bien— ocupándose en causar desazones a otros hombres, a lo menos con el pensamiento, y en disparar sobre ellos esta granada de la maldad. La mayor parte de ellos son demasiado malos, y algunos demasiado buenos para que entiendan una palabra de este pudendum: unos y otros negarán siempre que Prosper Mérimée tenga razón cuando dijo: «Sabed que no hay nada más común que hacer el mal por el placer de hacerlo».