Humano, demasiado humano
Humano, demasiado humano 50
EL DESEO DE EXCITAR LA PIEDAD.— La Rochefoucauld pone ciertamente el dedo en la llaga, en el pasaje más interesante de su Propio retrato (impreso por primera vez en 1658), cuando despierta los recelos de todos los hombres racionales contra la piedad, cuando aconseja relegarla a la gente del pueblo, que tiene necesidad de las pasiones (puesto que la razón no fija sus rumbos) para dejarse conducir a prestar alivio a los que sufren y a intervenir con energÃa ante una desgracia, toda vez que la piedad, según su criterio (que es también el de Platón), enerva el alma. Se deberÃa —dice— dar testimonio de la piedad, pero precaverse de tenerla, puesto que los desgraciados son, hablando claro, tan tontos, que un simple testimonio de piedad basta para que ellos reciban como el mayor beneficio.