Humano, demasiado humano
Humano, demasiado humano SOSPECHAR DE LA MORAL POR MIRAMIENTO A LA FE.— Ningún poder logrará sostenerse si está representado sólo por hipócritas; la Iglesia católica posee todavía hermoso número de elementos «seculares», su fuerza reside en esta especie de sacerdotes, numerosos aún, que hacen vida penitente y de severa austeridad y cuyo extenuado aspecto nos habla de ayunos y de vigilias, de oraciones fervientes y quizá, sí, hasta de flagelaciones; son ellos lo que inquietan a los hombres y los obligan a pensar si será necesario vivir del mismo modo: tal es la horrible cuestión que en la mente despierta su presencia. Al sembrar tal duda no dejan por un momento de enclavar nuevos sostenes para su poder; hasta los mismos pensadores no se atreven a decir con la ruda franqueza del sentido de la verdad a estos hombres separados de ellos: «Pobres engañados, no tratéis de engañar». Sólo los separa cierta diferencia de puntos de vista, no diferencia real de bondad o de maldad; pero lo que no es amado es en la práctica tratado con injusticia. Así es como se habla de la malicia y del arte execrable de los jesuitas, sin considerar cuánta violencia tiene que hacerse a sí mismo cada jesuita y cuántas privaciones se impone, puesto que la práctica de vida cómoda que predican los manuales jesuitas debe aplicarse, no a ellos, sino a la sociedad laica. Hasta podría preguntarse si nosotros, los amigos de la luz, teniendo organización y táctica semejante, seríamos tan buenos instrumentos, alcanzaríamos victorias tan admirables sobre nosotros mismos de infatigable actividad y abnegación.