Humano, demasiado humano
Humano, demasiado humano LA MORAL CONSIDERADA COMO AUTONOMÍA DEL HOMBRE.— Un buen autor que pone realmente su alma en su producción, desea que cada uno le reduzca a la nada, exponiendo el mismo asunto con mayor claridad y dando respuesta definitiva a todos los problemas que lleva consigo. La doncella amorosa desea someter a prueba, frente a la infidelidad del ser amado, la fidelidad abnegada de su propio amor. El soldado desea sucumbir en el campo de batalla en favor de su patria victoriosa, puesto que en el triunfo de la patria encuentra el triunfo de su propia suprema aspiración. La madre da al niño lo que se quita a sí misma, el sueño, el mejor alimento, y en algunos casos su salud, su fortuna. ¿Pero son estos actos manifestaciones, estados altruistas del alma? ¿Son milagros estos actos de moralidad, porque, según la expresión de Schopenhauer, son «imposibles, y sin embargo, reales»? ¿No es cierto que en estos cuatro casos el hombre tiene preferencia por algo de su ser, una idea, un deseo, una criatura, antes que por otro algo de su mismo ser también, y que, por consiguiente, secciona éste y sacrifica una parte de él en favor de otra? ¿Hay algo esencialmente distinto cuando un hombre de mala cabeza dice: «Prefiero verme arruinado que ceder a ese hombre un paso de mi camino»? La inclinación a alguna cosa (deseo, instinto, anhelo) se encuentra en cada uno de estos cuatro casos, y ceder a ella, con todas sus consecuencias, no es altruismo. Moralmente, no se trata el hombre como un individuum, sino como un dividuum.