Humano, demasiado humano
Humano, demasiado humano VANIDAD.— Nos inquietamos de la buena opinión de los hombres, primero porque nos es útil, después porque queremos hacernos con amigos (los hijos de sus padres, los estudiantes de sus maestros y las personas benévolas en general del resto de los hombres). Solamente cuando la buena opinión de los hombres es estimada por alguno prescindiendo de su ventaja o de su deseo de complacer, es cuando hablamos de vanidad. En este caso el hombre quiere complacerse en sà mismo, pero a expensas de los demás, o bien llevándoles a formarse una falsa opinión de él, o bien aspira a un grado tal de «buena opinión», que llegará a hacerse pesado a los demás, excitando su envidia. El individuo quiere, de ordinario, por medio de la opinión de otro, acreditar y fortificar a sus propios ojos la opinión que tiene de sà mismo; pero el poderoso ejercicio de la autoridad —usanza tan antigua como el hombre— lleva a muchas personas hasta a apoyar en la autoridad su propia fe en sà mismo, y por lo tanto, a no recibirla sino de otro: se fÃan en el juicio de los demás más que en el propio. El interés que uno toma en los vanidosos un nivel tal, que conducen a los demás a una estimación de sà mismo falsa, demasiado elevada, y que en seguida se someten, sin embargo, a la autoridad de los otro: asà introducen el error, y al mismo tiempo no desean tanto complacer a otros como complacerse a sà mismos, y que van bastante lejos para descuidar su provecho, pues creen frecuentemente de importancia preparar a sus semejantes a disposiciones desfavorables, hostiles, envidiosas, y por lo tanto, desventajosas para ellos, nada más que por obtener la satisfacción de su yo, el contento de sà mismos.