La gaya ciencia
La gaya ciencia Por último, y para que lo más esencial no se quede sin decir: de esos abismos, de esas graves dolencias, también de la dolencia de la grave sospecha, se vuelve renacido, con una nueva piel, más sensible a cualquier cosquilleo, más malvado, con un gusto más sutil para la alegrÃa, con una lengua más delicada para todas las cosas buenas, con sentidos más jocundos, con una segunda inocencia más peligrosa en la alegrÃa, se vuelve al mismo tiempo más infantil y cien veces más refinado de lo que nunca se habÃa sido. ¡Oh, cómo le repugna ahora a uno el disfrute, el grosero, romo y pardo disfrute, tal y como lo suelen entender los disfrutantes, nuestros «cultos», nuestros ricos y gobernantes! ¡Con qué maldad prestamos oÃdos ahora a la gran algarabÃa de feria con el que «el hombre culto» y habitante de la gran ciudad se deja estuprar hoy por el arte, el libro y la música, y ayudándose de bebidas espirituosas, para experimentar «un gozo espiritual»! ¡Qué daño nos hace ahora al oÃdo el griterÃo de teatro de la pasión, qué ajena se ha vuelto a nuestro gusto toda la revuelta romántica y el consiguiente embarullamiento de los sentidos que ama el populacho culto, junto con sus aspiraciones a lo sublime, elevado, extravagante! No: en el caso de que nosotros los convalecientes sigamos necesitando un arte, se trata de un arte distinto, ¡un arte burlón, ligero, fugaz, divinamente expedito, divinamente artÃstico, que se alce como una llama viva en un cielo sin nubes! Sobre todo: ¡un arte para artistas, solo para artistas! Después, entendemos más de lo que ante todo hace falta para eso, ¡la jovialidad, toda jovialidad, amigos mÃos!, también en tanto que artistas: me gustarÃa demostrarlo. Ahora sabemos algunas cosas demasiado bien, nosotros los sapientes: ¡oh, cómo aprenderemos a partir de ahora a olvidar bien, a no saber bien, en tanto que artistas! Y en lo que concierne a nuestro futuro: difÃcilmente se nos volverá a encontrar en las sendas de aquellos jóvenes egipcios que por la noche hacÃan inseguros los templos, abrazaban las estatuas y querÃan desvelar, destapar, arrojar una luz intensa sobre absolutamente todo lo que con razón se mantiene tapado. No, este mal gusto, esta voluntad de verdad, de «verdad a cualquier precio», esta locura juvenil en el amor a la verdad: ya no le encontramos gusto, pues somos demasiado experimentados para eso, demasiado serios, demasiado jocundos, demasiado escaldados, demasiado profundos… Ya no creemos que la verdad siga siendo verdad cuando se le quita el velo; hemos vivido demasiado para creer eso. Hoy es para nosotros cuestión de decencia no querer ver todo desnudo, no querer estar metido en todo, no querer entender y «saber» todo. «¿Es verdad que Dios está en todas partes?», preguntó una niña pequeña a su madre: «me parece indecoroso»: ¡un guiño para filósofos! Se deberÃa respetar más el pudor con el que la naturaleza se ha escondido tras enigmas y abigarradas incertidumbres. ¿Será la verdad una mujer que tiene razones para no dejar que se le vean sus razones? ¿Será su nombre, para decirlo en griego, Baubo?… ¡Oh, estos griegos! SabÃan vivir: ¡para eso hace falta permanecer valientemente en la superficie, en el pliegue, en la piel, adorar la apariencia, creer en formas, en sonidos, en palabras, en el Olimpo entero de la apariencia! Estos griegos eran superficiales: ¡a fuerza de profundidad! Y ¿no es precisamente eso a lo que nos remitimos, nosotros los temerarios del espÃritu, nosotros que hemos trepado a la más alta y peligrosa arista del pensamiento actual y desde allà hemos mirado a nuestro alrededor, y desde allà hemos mirado hacia abajo? ¿No somos precisamente en eso… griegos? ¿Adoradores de las formas, de los sonidos, de las palabras? ¿Precisamente por eso… artistas?