La gaya ciencia
La gaya ciencia Se adivina que no me gustaría despedirme con desagradecimiento de aquella época de graves dolencias, de la que aún hoy sigo extrayendo beneficios: al igual que soy bien consciente de toda la ventaja que en mi salud tan cambiante les saco a todos los rebolludos del espíritu. Un filósofo que ha recorrido muchas saludes, y las recorre una y otra vez, ha atravesado también otras tantas filosofías, y, así pues, no puede menos de transmutar su estado en la más espiritual forma y lejanía: este arte de la transfiguración es precisamente filosofía. No nos está dado a nosotros los filósofos distinguir entre alma y cuerpo como distingue el pueblo, y aún menos dado nos está distinguir alma y espíritu. No somos ranas pensantes, aparatos de objetivar y registrar con entrañas puestas en conserva: tenemos que dar a luz constantemente nuestros pensamientos desde nuestro dolor y proporcionarles maternalmente cuanto tengamos en nosotros de sangre, corazón, fuego, placer, pasión, tormento, conciencia[3], destino y fatalidad. Vivir: esto significa para nosotros transformar constantemente en luz y llama todo lo que somos, también todo lo que nos afecta, y no podemos en modo alguno hacer otra cosa. Y en lo que concierne a la enfermedad, ¿no estaríamos casi tentados de preguntar si podemos siquiera prescindir de ella? Solo el gran dolor es el liberador último del espíritu, en tanto que maestro de la gran sospecha que hace de toda «U» una «X», una «X» como es debido, es decir, la penúltima letra antes de la última… Solo el gran dolor, aquel largo y lento dolor que se toma tiempo, en el que somos quemados como con madera verde, por así decir, nos fuerza a nosotros los filósofos a descender a nuestra última profundidad y a despojarnos de toda la confianza, de todo lo bondadoso, que corre velos, benigno e intermedio en lo que quizá hayamos cifrado antes nuestra humanidad[4]. Dudo que un dolor como ese haga «mejorar», pero sé que nos profundiza. Ya sea que aprendamos a oponerle nuestro orgullo, nuestro sarcasmo, nuestra fuerza de voluntad, y hagamos como el pielroja que, por atrozmente que se lo torture, se resarce de su torturador con la maldad de su lengua; ya sea que ante el dolor nos retiremos a aquella nada oriental —se la llama nirvana—, a aquel mudo, rígido, sordo entregarse, olvidarse de sí, extinguirse: de esos largos y peligrosos ejercicios de dominio de sí mismo se sale como una persona distinta, con algunos signos de interrogación más, sobre todo con la voluntad de, en adelante, preguntar más, con más profundidad, con más rigor, con más dureza, con más maldad, con más calma de lo que se ha preguntado hasta ese momento. Se acabó la confianza en la vida: la vida misma se ha convertido en problema. ¡Que nadie crea que con eso uno se convierte necesariamente en un oscurantista! Incluso el amor a la vida sigue siendo posible, solo que se ama de otra manera. Es el amor a una mujer que nos hace dudar… Pero el aliciente de todo lo problemático, la alegría que produce la «X» a esas personas más espirituales, más espiritualizadas, es demasiado grande para que esa alegría no caiga una y otra vez como una brasa viva sobre toda la necesidad de lo problemático, sobre todo el peligro de la inseguridad, incluso sobre los celos del que ama. Conocemos una nueva felicidad…