La gaya ciencia

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Pero dejemos al señor Nietzsche: ¿qué nos importa que el señor Nietzsche recupere la salud?… Un psicólogo conoce pocas cuestiones tan atrayentes como la que versa sobre las relaciones entre salud y filosofía, y cuando él mismo enferma aplica toda su curiosidad científica a su enfermedad. Y es que, suponiendo que seamos personas, cada uno tenemos también, necesariamente, la filosofía de nuestra propia persona: si bien en este punto hay una considerable diferencia. En uno, son sus defectos los que filosofan; en otro, sus riquezas y capacidades. El primero necesita su filosofía como punto de apoyo, o bien como tranquilizante, como fármaco, como redención, como elevación o como autoalienación; para el segundo, es solamente un bello lujo, y en el mejor de los casos la voluptuosidad de un agradecimiento triunfante, el cual, en último término, se tiene que inscribir además con letras mayúsculas cósmicas en el cielo de los conceptos. En cambio, en el otro caso, que es el más corriente, en el que los estados de necesidad hacen filosofía, como sucede en todos los pensadores enfermos —y en la historia de la filosofía quizá predominen los pensadores enfermos—: ¿En qué se convierte el pensamiento mismo cuando se lo somete a la presión de la enfermedad? Esta es la cuestión que importa al psicólogo: y aquí es posible el experimento. Igual que un viajero que se propone despertar a una hora determinada se abandona tranquilamente al sueño, así también nosotros los filósofos, cuando enfermamos, nos entregamos de cuerpo y alma por un tiempo a la enfermedad, y, por así decir, cerramos los ojos a nosotros mismos. Y al igual que aquel sabe que algo no duerme, que algo va contando las horas y lo despertará, así también nosotros sabemos que el instante decisivo nos encontrará despiertos, que en ese momento algo emergerá y sorprenderá al espíritu en flagrante, quiero decir, lo sorprenderá en la debilidad o en la conversión o en la entrega o en el endurecimiento o poniéndose lúgubre o comoquiera que se llamen todos los estados enfermizos del espíritu que en los días sanos tienen en su contra al orgullo del espíritu (pues sigue en pie la vieja rima «el espíritu orgulloso, el pavo real y el caballo son los tres animales más orgullosos del mundo»). Tras un autointerrogatorio como ese, tras una auto-tentación como esa, se aprende a mirar con un ojo más sutil cuanto ha sido filosofado hasta ahora; se adivina mejor que antes los involuntarios extravíos del pensamiento, sus callejones laterales, sus lugares de descanso, sus lugares soleados, a los que se conduce y seduce a los pensadores que sufren precisamente en tanto que sufren, y se sabe ahora hacia dónde empujan, impelen y atraen al espíritu el cuerpo enfermo y sus necesidades: hacia el sol, la calma, la benignidad, la paciencia, el fármaco, el solaz en algún sentido. Toda filosofía que ponga la paz por encima de la guerra, toda ética que tenga una concepción negativa de la noción de felicidad, toda metafísica y toda física que conozcan un último acorde sinfónico, un estado final del tipo que sea, todo anhelo predominantemente estético o religioso de un «aparte», «más allá», «fuera dé», «por encima dé», permite preguntar si no habrá sido la enfermedad lo que ha servido de inspiración al filósofo. El disfraz inconsciente de las necesidades fisiológicas bajo el manto de lo objetivo, ideal, puramente espiritual, va tan lejos que asusta, y no pocas veces me he preguntado si la filosofía no habrá sido hasta ahora, hablando en general, lisa y llanamente una interpretación del cuerpo y un malentendido del cuerpo. Tras los supremos juicios de valor por los que ha sido guiada hasta ahora la historia del pensamiento se esconden malentendidos de la constitución corporal, sea de individuos, sea de estamentos o de razas enteras. Es lícito considerar siempre todos aquellos audaces delirios de la metafísica, especialmente sus respuestas a la pregunta por el valor de la existencia, de entrada como síntomas de determinados cuerpos; y aunque, medidas científicamente, semejantes afirmaciones del mundo o negaciones del mundo indiscriminadas no encierran ni pizca de significado, sí que dan al historiador y al psicólogo indicios tanto más valiosos, en calidad de síntomas, como he dicho, del cuerpo, de su haber salido bien o mal, de su plenitud, de su poderío, de su gloriarse de sí en la historia, o, por el contrario, de sus cohibiciones, de sus cansancios, de sus depauperaciones, de su presentimiento del final, de su voluntad de final. Espero aún que un médico filosófico en el sentido excepcional de la primera palabra —uno que haya de ir tras el problema de la salud global de un pueblo, de una época, de una raza, del género humano— tenga alguna vez la valentía de llevar hasta el final mi sospecha y de atreverse a sentar este principio: de lo que se trataba hasta ahora en todo filosofar no era en modo alguno de la «verdad», sino de otra cosa, digamos que de la salud, del futuro, del crecimiento, del poder, de la vida…


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