La gaya ciencia

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Cuando amamos a una mujer, es fácil que odiemos a la naturaleza, teniendo en cuenta el conjunto de naturalidades repulsivas a las que está expuesta toda mujer; nos gusta pasar de largo por esas cosas con el pensamiento, pero cuando nuestra alma acierta a rozarlas da un respingo de impaciencia y, como hemos dicho, lanza una mirada de desprecio a la naturaleza: se nos ofende, la naturaleza parece inmiscuirse en nuestra posesión, y hacerlo con las menos consagradas de las manos. Hacemos entonces oídos sordos a toda fisiología y decretamos secretamente en nuestro interior: «¡no quiero saber nada de que el hombre sea otra cosa que alma y forma!» «El hombre que está debajo de la piel» es para todos los que aman un horror y una idea absurda, una blasfemia contra Dios y contra el amor. Ahora bien, lo que el amante todavía siente ahora respecto de la naturaleza y la naturalidad lo sentía antaño todo venerador de Dios y de su «santa omnipotencia»: en todo lo que decían de la naturaleza los astrónomos, los geólogos, los fisiólogos y los médicos veía un inmiscuirse en su más preciada posesión y, por consiguiente, un ataque, ¡y encima una desvergüenza del atacante! La «ley de la naturaleza» le sonaba ya como una calumnia contra Dios; en el fondo, le habría gustado no poco ver reducida toda la mecánica a actos morales de la voluntad, a actos arbitrarios: pero como nadie podía prestarle ese servicio, ocultaba a sus propios ojos la naturaleza y la mecánica lo mejor que podía, y vivía en un sueño. ¡Oh, estos hombres de antaño sabían soñar y no necesitaban quedarse dormidos primero!, ¡y también nosotros los hombres de hoy sabemos hacerlo aún demasiado bien, con toda nuestra buena voluntad de estar despiertos y nuestra voluntad de día! Basta con que amemos, odiemos, deseemos o sencillamente sintamos, para que inmediatamente venga sobre nosotros el espíritu y la fuerza del soñar, y subamos, con los ojos abiertos, fríos hacia cualquier peligro y por los más peligrosos caminos, a los tejados y torres de lo fantasioso, sin vértigo alguno, como escaladores natos, ¡nosotros sonámbulos a la luz del día! ¡Nosotros artistas! ¡Nosotros ocultadores de la naturalidad! ¡Nosotros lunáticos y ávidos de Dios[18]! ¡Nosotros caminantes que avanzamos en un silencio sepulcral e incansable por alturas que no vemos como alturas, sino como nuestras llanuras, como nuestras seguridades!


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