La gaya ciencia
La gaya ciencia Si no hubiésemos dicho que las artes eran buenas y no hubiésemos inventado esa especie de culto de lo que no es verdadero, el conocimiento de la universal falta de verdad y de la universal falsÃa que nos viene dado ahora por la ciencia, el conocimiento de la ilusión y del error como condiciones de la existencia que conoce y que siente, no se podrÃa soportar en modo alguno. La sinceridad irÃa seguida de la repugnancia y el suicidio. Nuestra sinceridad, empero, tiene un poder opuesto a ella que nos ayuda a esquivar esas consecuencias: el arte, en su calidad de buena voluntad de apariencia. No siempre prohibimos a nuestro ojo redondear, componer hasta el final: y entonces ya no es la imperfección eterna lo que llevamos a la otra orilla del rÃo del devenir, entonces pensamos que llevamos a una diosa y estamos infantilmente orgullosos al prestar ese servicio. Como fenómeno estético, la existencia nos sigue siendo soportable, y a través del arte nos han sido dados ojos y manos, y sobre todo la buena conciencia, para poder hacer de nosotros mismos un fenómeno de ese tipo. Temporalmente tenemos que descansar de nosotros mismos por el procedimiento de mirarnos a nosotros mismos de arriba a abajo y, desde una distancia artÃstica, reÃrnos de nosotros o llorar por nosotros; tenemos que descubrir el héroe e igualmente el bufón que anidan en nuestra pasión del conocimiento, ¡tenemos que alegrarnos de vez en cuando de nuestra insensatez a fin de poder seguir alegrándonos de nuestra sabidurÃa! Y precisamente porque en el fondo somos personas graves y serias, y somos más pesas que personas, nada nos hace tanto bien como el gorro de pÃcaro: lo necesitamos a nuestros propios ojos, necesitamos todo el arte arrogante, que se cierne en el aire, danzarÃn, burlón, pueril y bienaventurado, a fin de no perder la libertad sobre las cosas exigida de nosotros por nuestro ideal. SerÃa para nosotros una recaÃda dar por entero en la moral precisamente con nuestra excitable sinceridad, y terminar convirtiéndonos incluso, por causa de las exigencias más que rigurosas que nos marcamos ahà a nosotros mismos, en monstruos y espantapájaros virtuosos. Debemos también poder mantenernos en pie por encima de la moral: ¡y no solo mantenernos en pie, con la miedosa tiesura del que teme resbalar y caer en cualquier instante, sino también cernernos y jugar por encima de ella! Para ello, ¿cómo podrÃamos prescindir del arte y del bufón? ¡Y mientras os sigáis avergonzando de algún modo de vosotros mismos, no podréis contaros aún entre los nuestros!