La gaya ciencia
La gaya ciencia Hay un cierto punto elevado de la vida: cuando lo hemos alcanzado, volvemos a correr el mayor peligro —pese a toda nuestra libertad, y por mucho que hayamos negado al bello caos de la existencia toda razón y bondad providentes— de perder la libertad espiritual, y tenemos que pasar entonces por nuestra más difÃcil prueba. Y es que solo en ese momento, en el momento en el que tocamos con las manos que todas, todas las cosas que nos afectan son continuamente para nuestro mayor bien, la idea de una providencia personal se pone ante nosotros con su más apremiante fuerza y tiene a su favor el mejor abogado, lo que entra por los ojos. La vida de cada dÃa y de cada hora parece no querer ya otra cosa que ir dando nuevas demostraciones de este aserto y solo de él; sea lo que sea, mal o buen tiempo, la pérdida de un amigo, una enfermedad, una calumnia, una carta que no llega, la torcedura de un pie, una mirada a un comercio, un contraargumento, abrir un libro, un sueño, un fraude: todo se revela en seguida, o muy poco después, como una cosa que «no podÃa faltar», ¡como una cosa llena de profundo sentido y utilidad precisamente para nosotros! ¿Hay una seducción más peligrosa a perder la fe en los dioses de Epicuro, aquellos desconocidos despreocupados, y a creer en una divinidad cualquiera llena de preocupaciones y ruin, que conoce personalmente hasta el más diminuto pelo de nuestra cabeza y a la que no repugna ni siquiera el más lamentable servicio? Pues bien, a pesar de todo ello vamos a dejar a los dioses en paz, y a los genios serviciales también, y a conformarnos con la suposición de que nuestra propia habilidad práctica y teórica en interpretar y acomodar los acontecimientos ha llegado en ese momento a su punto culminante. No tengamos un concepto demasiado elevado de esta destreza de los dedos de nuestra sabidurÃa cuando a veces nos sorprende en exceso la maravillosa armonÃa que surge al tocar nuestro instrumento: una armonÃa que suena demasiado bien para que nos atrevamos a atribuÃrnosla a nosotros mismos. De hecho, aquà y allá alguien está jugando con nosotros: es el querido azar, que nos lleva en ocasiones la mano, y la más sabia Providencia no podrÃa idear una música más bella que esa que entonces logra obtener nuestra insensata mano.