La gaya ciencia
La gaya ciencia ¡Qué pocas personas saben observar! Y entre las pocas que saben hacerlo, ¡qué pocas se observan a sí mismas! «¡Nadie está más lejos de sí que uno mismo!», esto lo saben todos los arúspices, para su zozobra; y el dicho «¡conócete a ti mismo!» es, en boca de un dios y dirigido a hombres, casi una maldad. De que sea tan desesperada la causa de la autoobservación no hay mejor testigo que el modo en que casi todo el mundo habla de la esencia de una acción moral, ¡ese modo rápido, gustosamente dispuesto a poner de su parte todo lo que sea necesario, lleno de convencimiento y locuacidad, con su mirada, con su sonrisa, con su celo que disfruta agradando! Parece que se te quiere decir: «¡Querido, justo ese es mi asunto! Te estás dirigiendo con tu pregunta a aquel al que le es lícito responder: da la casualidad de que en ningún otro terreno soy tan sabio como en este. Así pues, cuando el hombre juzga: “es lo correcto”, cuando después infiere “¡por eso tiene que suceder!” y hace lo que de ese modo ha reconocido como justo y ha considerado necesario, ¡entonces es cuando la esencia de su acción es moral!». Pero, amigo mío, me estás hablando de tres acciones en vez de una: también tu juzgar, por ejemplo, «es lo correcto» es una acción, ¿no sería posible juzgar de un modo moral y de un modo inmoral? ¿Por qué consideras bueno esto, y precisamente esto? «¡Porque mi conciencia me lo dice, y la conciencia nunca habla de modo inmoral, pues no en vano es ella la que determina lo que es moral!». Pero ¿por qué haces caso al lenguaje de tu conciencia? ¿Y hasta qué punto tienes derecho a considerar tal juicio como verdadero e indefectible? Para esta fe, ¿no hay ya conciencia? ¿No sabes nada de una conciencia intelectual? ¿De una conciencia situada detrás de tu «conciencia»? Tu juicio «es lo correcto» tiene una prehistoria en tus pulsiones, inclinaciones, aversiones, experiencias y no-experiencias; «¿cómo ha surgido?», tienes que preguntar, y después: «¿qué me empuja realmente a prestarle oído?». Puedes prestar oído a sus órdenes, como un soldado cumplidor que oye las órdenes de su oficial. O como una mujer que ama al que da órdenes. O como alguien adulador y cobarde que tiene miedo al que da órdenes. O como un cabeza de chorlito que va detrás porque no tiene nada que decir en contra. En suma, de cien maneras puedes prestar oído a tu conciencia. Que tú oigas este y aquel juicio como lenguaje de tu conciencia, así pues que sientas algo como correcto, puede tener su causa en que nunca has reflexionado sobre ti mismo y en que aceptas a ciegas lo que desde tu infancia se te ha designado como correcto, o en que hasta ahora se te ha dado pan y honra con aquello que denominas tu deber: lo tienes por «correcto» porque te parece la «condición de tu existir» (¡y que tú tienes derecho a la existencia es algo que consideras irrefutable!). La solidez de tu juicio moral podría seguir siendo una demostración de miseria personal, de impersonalidad; tu «fuerza moral» podría tener su fuente en tu obstinación, ¡o en tu incapacidad de ver nuevos ideales! Y, en suma: si hubieses pensado más sutilmente, observado mejor y aprendido más, ya no denominarías en ningún caso a este tu «deber» y a esta tu «conciencia» deber y conciencia: el conocimiento de cómo han surgido siempre los juicios morales te quitaría el gusto por esas palabras altisonantes, igual que ya has perdido el gusto por otras palabras altisonantes, por ejemplo «pecado», «salvación del alma», «redención». ¡Y no me vengas ahora con el imperativo categórico, amigo mío!: ese término me hace cosquillas en el oído, y tengo que reír, a pesar de tu aspecto tan serio: me acuerdo en ese momento del viejo Kant, al cual, en castigo de que se había hecho ilegítimamente con la «cosa en sí» —¡otra cosa harto ridícula!— se le metió dentro ilegítimamente el «imperativo categórico», y con él en el corazón se perdió y sin darse cuenta volvió a «Dios», al «alma», a la «libertad» y a la «inmortalidad», igual que un zorro que se pierde y vuelve a su jaula: ¡y su fuerza e inteligencia eran lo que había roto los barrotes de esa jaula! ¿Cómo? ¿Admiras el imperativo categórico en ti? ¿Esta «solidez» de tu denominado juicio moral? ¿Esta «incondicionalidad» de la sensación de que «en este punto todos tienen que juzgar igual que yo»? ¡Admira más bien el egocentrismo que ahí se encierra! ¡Y la ceguera, la ruindad y la falta de pretensiones de tu egocentrismo! Y es que es egocentrismo sentir el propio juicio como ley universal; y además un egocentrismo ciego, ruin y sin pretensiones, porque deja traslucir que todavía no te has descubierto a ti mismo, que todavía no te has creado un ideal propio, muy, muy propio: ¡ese ideal nunca podría ser el de otro, y menos el de todos, todos! Quien juzga «así tendría que actuar todo el mundo en este caso» todavía no ha dado ni dos pasos en el camino del autoconocimiento: de lo contrario, sabría que no hay ni puede haber dos acciones iguales; que toda acción que se haya realizado ha sido realizada de un modo enteramente único e irrepetible, y lo mismo sucederá con toda acción futura; que todas las normas del actuar (e incluso las normas más interiores y sutiles de todas las morales habidas hasta ahora) se refieren solamente a la grosera cara exterior; que con ellas se puede alcanzar probablemente una apariencia de igualdad, pero precisamente solo una apariencia; que toda acción es y será siempre impenetrable, tanto prospectiva como retrospectivamente; que nuestras opiniones de «bueno», «noble», «grande», nunca pueden ser demostradas por nuestras acciones, porque toda acción es irreconocible; que seguramente nuestras opiniones, estimaciones de valor y tablas de bienes se cuentan entre las más poderosas palancas y engranajes de nuestras acciones, pero que en cada caso individual es imposible mostrar de modo fehaciente cuál ha sido la ley de su mecanismo. Limitémonos, pues, a limpiar nuestras opiniones y estimaciones de valor y a crear nuevas tablas de bienes propias: ¡no cavilemos más sobre «el valor moral de nuestras acciones»! ¡Sí, amigos míos! ¡Ha llegado el momento de que toda la charlatanería moral de los unos sobre los otros nos produzca repulsión! ¡Erigirnos en jueces morales debe repugnar a nuestro gusto! Dejemos esa charlatanería y ese mal gusto a quienes no tienen otra cosa que hacer que arrastrar el pasado un poco más por el tiempo y nunca son ellos mismos presente: ¡dejémosla a los muchos, por tanto, a la inmensa mayoría! Nosotros, en cambio, queremos llegar a ser los que somos: ¡los nuevos, los únicos, los que no admiten comparación, los que legislan para sí mismos, los que se crean a sí mismos! Y para ello tenemos que ser los mejores aprendices y descubridores de todo lo legal y necesario del mundo: tenemos que ser físicos, para, en aquel sentido, poder ser creadores, mientras que hasta ahora todas las estimaciones de valor e ideales estaban edificados sobre la ignorancia de la física o en contradicción con ella. Y por eso: ¡viva la física! Y viva aún más lo que nos fuerza a ella: ¡nuestra sinceridad!