La gaya ciencia

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La falta de personalidad se venga de múltiples maneras; una personalidad debilitada, delgada, apagada, que se niega a sí misma y reniega de sí misma, no vale ya para nada bueno, y para lo que menos vale es para la filosofía. El «desprendimiento de sí mismo» no tiene valor en el cielo ni en la tierra; los grandes problemas exigen todos el gran amor, y de él solamente son capaces los espíritus fuertes, redondos, seguros, que descansan firmes sobre sí mismos. Es muy distinto —constituye la más considerable de las diferencias— que un pensador adopte una actitud personal respecto de sus problemas, de modo que tenga en ellos su destino, su menesterosidad y también su mejor fortuna, o que tome una actitud «impersonal» hacia los mismos, a saber, que solo sepa tocarlos y cogerlos con los tentáculos del pensamiento frío y curioso. Podéis estar seguros de que en este último caso no saldrá de ahí nada bueno, pues los grandes problemas, suponiendo que se dejen coger, no se dejan retener por ranas y debiluchos: eso es lo que les gusta, y se trata de un gusto, por lo demás, que comparten con todas las mujercitas decentes. ¿Por qué será que todavía no he encontrado a nadie, tampoco en los libros, que adoptase como persona esa actitud respecto de la moral, que conociese la moral como problema, y ese problema como su personal menesterosidad, tormento, voluptuosidad, pasión? Bien se ve que hasta ahora la moral no ha sido un problema; es más, ha sido precisamente aquello en lo que se convenía después de toda desconfianza, discordia y contradicción, el lugar santificado de la paz en el que los pensadores descansaban también de sí mismos, respiraban aliviados, revivían. No veo a nadie que se haya atrevido a hacer una crítica de los juicios de valor morales; a ese respecto echo de menos incluso los ensayos de la curiosidad científica, de la imaginación mimada y tentadora de psicólogos e historiadores que con mucha facilidad anticipa un problema y lo coge al vuelo sin saber muy bien qué es lo que ahí ha cogido. Apenas he encontrado algunos escasos puntos de partida para una historia del surgimiento de estos sentimientos y estimaciones de valor (que es cosa distinta de una crítica de los mismos, y cosa distinta también de una historia de los sistemas éticos): en un caso concreto hice todo lo necesario para alentar una inclinación y talento para este tipo de historia: en vano, se me antoja hoy. Poco cabe esperar de estos historiadores de la moral (ingleses, concretamente): suelen estar ellos mismos, sin malicia alguna, bajo el mando de una moral determinada y, sin saberlo, hacen de escuderos y de séquito suyo; por ejemplo, con aquella superstición popular de la Europa cristiana, tan ingenuamente repetida aún, de que lo característico de la acción moral radica en el desprendimiento de uno mismo, en la abnegación, en el sacrificio de sí, o en la condolencia, en la compasión. El error usual del que parten es que afirman algún consensus de los pueblos, al menos de los pueblos mansos, sobre ciertos principios de la moral, y de ahí infieren su obligatoriedad incondicionada, también para ti y para mí; o bien que, a la inversa, después de que se les han abierto los ojos para la verdad de que en pueblos diferentes las estimaciones morales son necesariamente diferentes, infieren la falta de obligatoriedad de toda moral: ambas cosas son niñerías igual de grandes. El error de los más sutiles entre ellos es que descubren y critican las opiniones, quizá insensatas, de un pueblo sobre su moral o de los hombres sobre toda la moral humana, esto es, sobre su origen, sobre su sanción religiosa, sobre la superstición de la voluntad libre y sobre otras cosas semejantes, y con eso creen haber criticado esa moral misma. Pero el valor de una norma que diga «tú debes» es todavía profundamente distinto e independiente de las opiniones de ese tipo sobre dicha norma y de la mala hierba del error que quizá las cubra: con la misma certeza con que el valor de un medicamento para el enfermo es completamente independiente de que el enfermo piense sobre la medicina científicamente o como una vieja. Una moral podría haber surgido incluso de un error: aunque dispusiésemos de ese conocimiento seguiríamos sin haber ni siquiera tocado el problema de su valor. Nadie, pues, ha verificado hasta ahora el valor de aquella que es la más famosa de todas las medicinas, la denominada moral: lo primero que haría falta para ello es ponerla en cuestión. ¡Ea! Precisamente esa es nuestra obra.


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