La gaya ciencia

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Entre los europeos de hoy no faltan los que tienen derecho a llamarse apátridas en un sentido que distingue y honra, ¡justo a ellos les pido expresa y encarecidamente que tengan en cuenta mi secreta sabiduría y gaya scienza! Pues su suerte es dura y su esperanza incierta, y requiere gran habilidad inventar para ellos un consuelo. Sin embargo, ¡de qué serviría! Nosotros los hijos del futuro, ¡cómo podríamos estar en casa en este hoy! Miramos con malos ojos todos los ideales que podrían hacer que nos sintiésemos en casa incluso en este periodo transitorio frágil y fracturado, y en lo que respecta a sus «realidades» no creemos que tengan permanencia. El hielo que hoy sigue resistiendo se ha vuelto ya muy delgado; sopla el viento del deshielo, nosotros mismos, nosotros los apátridas, somos algo que hace que se abran el hielo y otras «realidades» demasiado delgadas… No «conservamos» nada, no queremos volver tampoco a pasado alguno, no somos de ninguna manera «liberales», no trabajamos para el «progreso», no necesitamos taparnos los oídos para no oír a las sirenas de futuro del mercado, y lo que ellas cantan, «igualdad de derechos», «sociedad libre», «no más amos ni siervos», ¡no nos seduce!: no consideramos absolutamente nada deseable que el reino de la justicia y de la concordia sea fundado en este mundo (porque en todo caso sería el reino de la más profunda mediocrización y achinamiento), nos dan alegría todos los que, igual que nosotros, aman el peligro, la guerra, la aventura, los que no se conforman y no se dejan capturar, reconciliar y castrar, nos contamos a nosotros mismos entre los conquistadores, reflexionamos sobre la necesidad de nuevos órdenes, también de una nueva esclavitud, pues ¿no es verdad que todo fortalecimiento y elevación del tipo «hombre» va unido con una nueva especie de esclavización? ¡Con todo eso, difícilmente íbamos a estar en casa en una época que gusta de reivindicar el honor de llamarse la época más humana, suave y jurídica que el sol haya visto hasta ahora! ¡Mala cosa que precisamente ante esas bellas palabras tengamos pensamientos escondidos tanto más feos! ¡Que en ellas solo veamos la expresión —también la mascarada— del profundo debilitamiento, del cansancio, de la vejez, de que la fuerza decrece! ¡Qué puede importarnos con qué lentejuelas adorne un enfermo su debilidad! Que las exhiba, si quiere, como su virtud: no cabe duda alguna de que la debilidad hace suave, ¡ay, tan suave, tan jurídico, tan inofensivo, tan «humano»! La «religión de la compasión» a la que se nos quiere persuadir: ¡oh, conocemos lo suficiente a los hombrecillos y mujercillas histéricos que hoy necesitan precisamente esta religión como velo y perifollo! No somos humanitaristas; nunca nos atreveríamos a permitirnos hablar de nuestro «amor a la humanidad[65]», ¡para ello uno como nosotros no es suficientemente actor! O no lo suficientemente saintsimoniano, no lo suficientemente francés. Es necesario estar afectado por una desmesura gálica de excitabilidad erótica y de impaciencia enamorada para acercarse a la humanidad en búsqueda sincera de apareamiento… ¡A la humanidad! ¿Ha habido alguna vez, entre todas las viejas, una vieja más repulsiva que esta?, (a no ser «la verdad»: una pregunta para filósofos). No, no amamos a la humanidad; por otra parte, no somos, ni de lejos, lo suficientemente «alemanes», en el sentido en que hoy la palabra «alemán» anda en boca de todos, para decir lo que le gusta oír al nacionalismo y al odio de raza, para poder alegrarnos con la sarna del corazón y con el envenenamiento de la sangre «nacionales» por cuya causa ahora los pueblos se cierran y candan unos a otros en Europa como si estuviesen en cuarentena. Para ello estamos demasiado carentes de prejuicios, somos demasiado malvados, estamos demasiado mimados, también demasiado bien informados y demasiado «viajados», y preferimos, con mucho, vivir en las montañas, al margen, «extemporáneamente», en siglos pasados o venideros, solo para ahorrarnos la ira sorda a la que nos sabríamos condenados como testigos oculares de una política que hace al espíritu alemán vacío y aburrido por cuanto lo hace vanidoso, y que además es política pequeña: ¿no necesita ella, para que su propia creación no vuelva a desintegrarse inmediatamente, plantarla entre dos odios mortales?, ¿no tiene que desear la eternización de la división de Europa en muchos Estados pequeños?… Nosotros los apátridas somos por nuestra raza y procedencia demasiado múltiples y mezclados, en tanto que «hombres modernos», y en consecuencia estamos poco tentados a participar en esa fementida autoadmiración de la raza y en esa impudicia que hoy en día se exhiben en Alemania como signo de actitud interior alemana y que en el pueblo del «sentido histórico» nos dan la impresión de ser doblemente falsas e indecentes. Nosotros somos, en una palabra —¡y va a ser nuestra palabra de honor!—, buenos europeos, los herederos de Europa, los ricos, repletos, pero también excesivamente obligados herederos de milenios del espíritu europeo: en calidad de tales nos hemos desgajado del cristianismo y lo miramos con malos ojos, precisamente porque procedemos de él, porque nuestros antepasados eran cristianos de una cristiana honradez carente de miramientos, que sacrificaron gustosos a su fe hacienda y sangre, posición y patria. Nosotros… hacemos lo mismo. Pero ¿a qué las sacrificamos?, ¿a nuestra falta de fe?, ¿a nuestra especie de falta de fe? ¡No, vosotros lo sabéis mejor, amigos míos! El que está escondido en vosotros es más fuerte que todos los «no» y «quizá» que os han hecho enfermar con vuestra época; y si tenéis que embarcaros, vosotros emigrantes, también a vosotros os fuerza a ello ¡una fe!…


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