La gaya ciencia
La gaya ciencia Para mirar nuestra moralidad europea por una vez desde lejos, para compararla con otras moralidades distintas, anteriores o venideras, hay que hacer como hace un caminante que quiere saber cómo son de altas las torres de una ciudad: sale de la ciudad. Las «ideas sobre los prejuicios morales», en el caso de que no fuesen prejuicios sobre prejuicios, tienen como condición previa una posición fuera de la moral, algún más allá del bien y del mal, al que se debe subir, trepar, volar, y, llegado el caso, en todo caso un más allá de nuestro bien y mal, una libertad respecto de todo lo que es «Europa», entendiendo por esta última una suma de juicios de valor que dan órdenes y que han pasado a ser carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre. Que precisamente se quiera salir hacia allÃ, subir hacia allÃ, es quizá una pequeña locura, un muy extraño e irracional «tienes que», pues también nosotros los que conocemos tenemos nuestras idiosincrasias de la «libertad esclava»: la cuestión es si realmente se puede subir hasta allÃ. Eso quizá dependa de múltiples condiciones, pero básicamente es cuestión de lo ligeros o lo pesados que seamos, el problema radica en cuál sea nuestro «peso especÃfico». ¡Hay que ser muy ligero para empujar la propia voluntad de conocimiento hasta una lejanÃa tal y, por asà decir, hasta más allá de la propia época, a fin de conseguir ojos que permitan abarca con la mirada milenios enteros, y además un cielo puro en esos ojos! Tenemos que habernos desatado de muchas cosas que nos presionan, atenazan, oprimen y hacen pesados, precisamente a nosotros, los europeos de hoy. El hombre de un más allá como ese, el hombre que quiere llegar a tener a la vista él mismo las medidas de valor supremas de su época, necesita primero «superar» esa época en sà mismo —es su prueba de fuerza— y por consiguiente no solo su época, sino también la repulsión y contradicción que ha tenido hasta ahora contra esa época, su sufrimiento por esta época, su extemporaneidad, su romanticismo…