La gaya ciencia
La gaya ciencia Cuando se escribe se quiere no solo ser entendido, sino también —no es menos cierto— no ser entendido. Que alguien encuentre un libro ininteligible no es aún, en modo alguno, una objeción contra ese libro: quizá justo eso formaba parte del propósito de quien lo escribió, pues no querÃa ser entendido por «cualquiera». Cuando quiere comunicarse, todo espÃritu y gusto dotado de cierta distinción elige también sus oyentes; al elegirlos traza al mismo tiempo sus barreras contra «los otros». Todas las leyes estilÃsticas dotadas de cierta sutileza tienen ahà su origen: mantienen al mismo tiempo lejos, crean distancia, vedan «la entrada», la comprensión, como dijimos, mientras que abren los oÃdos a quienes están emparentados con nosotros por sus oÃdos. Y —dicho sea entre nosotros y en mi caso— no quiero dejar que mi ignorancia ni la vivacidad de mi temperamento me impidan ser inteligible para vosotros, amigos mÃos: que no me lo impida la vivacidad, por mucho que me obligue a poner bajo control una cosa rápidamente para poder de algún modo ponerla bajo control. Pues hago con los problemas profundos lo mismo que con un baño de agua frÃa: rápido para dentro, rápido para fuera. Que de esa forma no se llega a la profundidad, que no se llega lo suficientemente abajo, es la superstición de los que tienen miedo al agua, de los enemigos del agua frÃa; hablan sin experiencia. ¡Oh!, ¡el mucho frÃo hace andar listo! Y, preguntado sea de paso: ¿una cosa queda realmente sin ser entendida ni conocida ya por el mero hecho de que sea tocada, mirada o contemplada solo por un instante?, ¿es absolutamente necesario empezar sentándose bien sobre ella?, ¿haberla empollado como se empolla un huevo? ¿Diu noctuque incubando[66], como decÃa Newton de sà mismo? Al menos hay verdades de tan especial timidez y sensibilidad a cualquier roce que no es posible hacerse con ellas de otro modo que repentinamente, a las que hay que tomar por sorpresa o dejar… Finalmente, mi brevedad tiene aún otro valor: dentro de cuestiones como las que me ocupan tengo que decir muchas cosas brevemente para que sean oÃdas aún con mayor brevedad. Y es que cuando se es inmoralista hay que cuidarse de no corromper la inocencia, me refiero a los asnos y a las solteronas de ambos sexos que no han sacado de la vida otra cosa que su inocencia; es más, mis escritos aspiran a entusiasmarlos, a elevarlos, a animarlos a la virtud. No sabrÃa mencionar nada de este mundo que sea más divertido que ver viejos asnos entusiasmados y solteronas excitadas por los dulces sentimientos de la virtud: y «lo he visto», asà hablaba Zaratustra. Hasta aquà en lo que respecta a la brevedad; peor están las cosas en lo tocante a mi ignorancia, y ni siquiera a mà mismo quiero ocultarla. Hay horas en las que me avergüenzo de ella; ciertamente también hay horas en las que me avergüenzo de esa vergüenza. Quizá nosotros los filósofos estemos hoy todos en mala situación en lo que respecta al saber: la ciencia crece, los más eruditos de nosotros están cerca de descubrir que no saben lo suficiente. Pero aún serÃa peor que las cosas fuesen de otro modo, que supiésemos demasiado; nuestra tarea es y será antes de nada no confundirnos a nosotros mismos. Somos algo distinto de eruditos: aunque no cabe eludir que, entre otras cosas, también somos eruditos. Tenemos otras necesidades, otro crecimiento, otra digestión: necesitamos más, necesitamos también menos. No existen fórmulas acerca de cuánto necesita un espÃritu para su alimentación; pero si su gusto está orientado a la independencia, al rápido ir y venir, a la caminata, quizá a aventuras a cuya altura solo están los que andan más listos, prefiere vivir libre con una dieta escasa a vivir sin libertad y atiborrado. No grasa, sino la mayor flexibilidad y fuerza es lo que un buen bailarÃn exige de su alimentación: y no sabrÃa qué desearÃa ser el espÃritu de un filósofo más que ser un buen bailarÃn. Y es que el baile es su ideal, también su arte, en último término su única devoción, su «acto de culto»…