La gaya ciencia

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Cuando, para terminar, pinto despacio, despacio, este lúgubre signo de interrogación y tengo aún la voluntad de recordar a mis lectores las virtudes del correcto leer —¡oh, qué olvidadas y desconocidas virtudes!— me sucede que alrededor de mí se hace oír la risa más malvada, vivaz y propia de un gnomo: los espíritus de mi libro caen ellos mismos sobre mí, me dan un tirón de orejas y me llaman al orden. «No lo soportamos más», me gritan, «fuera, fuera con esta música negra como un cuervo. ¿No nos rodea una luminosa mañana? ¿Y un suelo y un césped verdes y mullidos, el reino de la danza? ¿Ha habido alguna vez una hora mejor para estar alegre? ¿Quién nos canta una canción, una canción matutina, tan soleada, tan ligera, tan alada que no espanta a los grillos, que, antes bien, invita a los grillos a que se sumen al canto, a la danza? ¡Y mejor una simple y aldeana gaita que esos sonidos misteriosos, esas advertencias agoreras, esas voces sepulcrales y esos silbidos de marmota con los que usted nos ha regalado hasta ahora en su despoblado, mi señor eremita y músico del futuro! ¡No!, ¡no esos tonos! ¡Sino otros más agradables y más alegres!». ¿Os gusta así, mis impacientes amigos? ¡Ea! ¿A quién no le gustaría concederos ese deseo? Mi gaita espera ya, mi garganta también, ¡puede que suene un poco áspera, probad! Para eso estamos en la montaña. Pero lo que llega a vuestros oídos al menos es nuevo; y si no lo entendéis, si entendéis mal al que canta, ¡qué importa! Esa es sencillamente «la maldición del que canta». Y tanto más claramente podréis oír su música y su melodía, tanto mejor podréis también danzar al son de su flauta. ¿Queréis?…


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