La genealogia de la moral
La genealogia de la moral —¡Basta! ¡Basta! Dejemos estas curiosidades y complejidades del espÃritu más moderno, en las que hay igual número de cosas de que reÃr y de que enfadarse. Precisamente nuestro problema, el problema del significado del ideal ascético, puede prescindir de ellas. — ¡Qué tiene él que ver con el ayer y con el hoy! Esas cosas las abordaré con mayor profundidad y dureza en otro contexto (bajo el tÃtulo Historia del nihilismo europeo; remito para ello a una obra que estoy preparando: La voluntad de poder. Ensayo de una transvaloración de todos los valores). Lo único que me interesa haber señalado aquà es esto: incluso en la esfera más espiritual el ideal ascético continúa teniendo por el momento una sola especie de verdaderos enemigos y damnificadores: los comediantes de ese ideal, — pues provocan desconfianza. En todos los demás lugares en que el espÃritu trabaja hoy con rigor, con energÃa y sin falsedades, se abstiene ahora en todos ellos por completo del ideal —la expresión popular de esa abstinencia es «ateÃsmo»: descontada su voluntad de verdad. Pero esta voluntad, este resto de ideal, es, si se quiere creerme, aquel ideal mismo en su formulación más rigurosa, más espiritual, aquel ideal vuelto total y completamente exotérico, despojado de todo aparejo exterior, y, en consecuencia, no es tanto el resto de aquel ideal cuanto su núcleo. El ateÃsmo incondicional y sincero (— y su aire es lo único que respiramos nosotros, los hombres más espirituales de esta época) no se encuentra, según esto, en contraposición a aquel ideal, como a primera vista parece; antes bien, es tan sólo una de sus últimas fases de desarrollo, una de sus formas finales y de sus consecuencias lógicas internas, — es la catástrofe, que impone respeto, de una bimilenaria educación para la verdad, educación que, al final, se prohibe a sà misma la mentira que hay en el creer en Dios. (Este mismo proceso evolutivo se ha dado en la India, con total independencia, y, por tanto, demuestra algo: el mismo ideal forzando a la misma conclusión; el punto decisivo alcanzado cinco siglos antes de la era europea, con Buda, o, más exactamente: ya con la filosofÃa sankhya[126] que luego Buda popularizó y convirtió en religión.) ¿Qué es aquello que, si preguntamos con todo rigor, ha alcanzado propiamente la victoria sobre el Dios cristiano? La respuesta se encuentra en mi libro La gaya ciencia[127]: «La moralidad cristiana misma, el concepto de veracidad tomado en un sentido cada vez más riguroso, la sutilidad, propia de padres confesores, de la conciencia cristiana, traducida y sublimada en conciencia cientÃfica, en limpieza intelectual a cualquier precio. Considerar la naturaleza como si fuera una prueba de la bondad y de la protección de un Dios; interpretar la historia a honra de la razón divina, como permanente testimonio de un orden ético del mundo y de intenciones éticas últimas; interpretar las propias vivencias cual las han venido interpretando desde hace tanto tiempo los hombres piadosos, como si todo fuera una disposición, todo fuese un signo, todo estuviese pensado y dispuesto para la salvación del alma: ahora esto ha pasado ya, tiene en contra suya la conciencia, todos los espÃritus más finos consideran esto indecoroso, deshonesto, lo consideran mentira, feminismo, debilidad, cobardÃa, —y precisamente en virtud de este rigor somos, si lo somos en virtud de algo, buenos europeos y herederos de la autosuperación más prolongada y más valerosa de Europa…» Todas las grandes cosas perecen a sus propias manos, por un acto de autosupresión: asà lo quiere la ley de la vida, la ley de la «autosuperación» necesaria que existe en la esencia de la vida, — en el último momento siempre se le dice al legislador mismo: patere legem, quam ipse tulisti [sufre la ley que tú mismo promulgaste]. Asà es como pereció el cristianismo, en cuanto dogma, a manos de su propia moral; y asà es como ahora también el cristianismo en cuanto moral tiene que perecer, — nosotros nos encontramos en el umbral de este acontecimiento. Después de que la veracidad cristiana ha sacado una tras otra sus conclusiones, saca al final su conclusión más fuerte, su conclusión contra sà misma; y esto sucede cuando plantea la pregunta «¿qué significa toda voluntad de verdad?»… Y aquà toco yo de nuevo mi problema, nuestro problema, amigos mÃos desconocidos ( — pues todavÃa no sé de ningún amigo): ¿qué sentido tendrÃa nuestro ser todo, a no ser el de que en nosotros aquella voluntad de verdad cobre conciencia de sà misma como problema?… Este hecho de que la voluntad de verdad cobre consciencia de sà hace perecer de ahora en adelante —no cabe ninguna duda— la moral: ese gran espectáculo en cien actos, que permanece reservado a los dos próximos siglos de Europa, el más terrible, el más problemático, y acaso también el más esperanzador de todos los espectáculos…
