La genealogia de la moral

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Este es el gran problema y, sin duda alguna, el centro de todo este tratado. La respuesta de Nietzsche es negativa. Pero antes, una pregunta. Vayamos al cuerpo del asunto, dice Nietzsche: ¿cual es el sentido del ideal ascético? ¿Cómo valoran los sacerdotes la vida, la realidad? De una manera negativa: sólo admiten la vida si ésta se niega a sí misma. Esta autocontradícción constituye la clave de la psicología sacerdotal; se da aquí una especie de «transvaloración de las verdades»: los sacerdotes llaman «verdadero» a un mundo inexistente, fingido por ellos, inventado por ellos, y en cambio niegan verdad y realidad a este mundo, el único existente. Y esta auto-contradicción alcanza su voluptuosidad suprema cuando se llega al autoescarnio ascético de la razón, cuando se dice: «Existe un reino de la verdad y del ser, pero ¡justo la razón está excluida de él!» (T. III, §12). Mas esa contradicción, ese sin sentido tiene que ser algo provisional; no es una solución, sino «una mera palabra que tapa una vieja brecha del conocimiento humano» (T. III, §13). El ideal ascético, dice Nietzsche, nace del instinto de protección y de salud, de una raza que degenera. El hombre enfermo pide una explicación de su dolor, y sólo encuentra a uno que se la dé: el sacerdote. La nueva verdad de este tercer tratado es la siguiente: el sacerdote es un médico que envenena las heridas de sus enfermos al curarlas. Y todo esto ha ocurrido porque en la tierra no ha existido hasta el momento más que un único ideal. «Pero el hombre prefiere querer incluso la nada a no querer» (T. III, §1 y T. III, §28). Mas ahora, añade Nietzsche, hay un nuevo ideal: el del superhombre.


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