La genealogia de la moral
La genealogia de la moral Pero ya se me habrá comprendido: —¿no es cierto que, tomadas las cosas en conjunto, hay bastante razón para que nosotros los psicólogos no podamos liberarnos hoy en dÃa de una cierta desconfianza respecto a nosotros mismos?… Probablemente también nosotros somos todavÃa «demasiado buenos» para nuestro oficio, probablemente también nosotros somos todavÃa las vÃctimas, el botÃn, los enfermos de ese moralizado gusto de la época, aunque nos consideramos también como despreciadores del mismo—; probablemente también a nosotros nos infecta todavÃa ese gusto. ¿Contra qué ponÃa en guardia aquel diplomático cuando hablaba a sus congéneres? «¡Sobre todo, señores, desconfiemos de nuestros primeros movimientos!, decÃa, son buenos casi siempre…» También todo psicólogo deberÃa hoy hablar asà a sus congéneres… Y con esto volvemos a nuestro problema, el cual, en efecto, exige de nosotros cierto rigor, cierta desconfianza, en especial contra los «primeros movimientos». El ideal ascético al servicio de un propósito de desenfreno del sentimiento: — quien recuerde el tratado anterior podrá adivinar ya en lo esencial el contenido, condensado en esas doce palabras, de lo que ahora vamos a exponer. Sacar al alma humana de todos sus quicios, sumergirla en terrores, escalofrÃos, ardores y éxtasis, de modo que se desligue, como fulminantemente, de toda la pequeñez y mezquindad propias del desplacer, del letargo, del fastidio: ¿cuáles son los caminos que conducen a esa meta? ¿Y cuáles son los más seguros?… En el fondo todos los grandes afectos, la cólera, el temor, la voluptuosidad, la venganza, la esperanza, el triunfo, la desesperación, la crueldad, son capaces de ello, presuponiendo que exploten de repente; y en realidad el sacerdote ascético ha tomado a su servicio, sin reparo alguno, a toda la jaurÃa de perros salvajes que existen en el hombre, y unas veces deja libre a uno y otras a otro, siempre con la misma finalidad de despabilar al hombre de la lenta tristeza, de hacer huir, al menos temporalmente, su sordo dolor, su vacilante miseria, y eso lo hace siempre también bajo una interpretación y una «justificación» religiosa. Todo desenfreno sentimental de ese tipo se cobra su precio, como es obvio —pone más enfermo al enfermo—: y por esto esa especie de remedios del dolor es, juzgada con medida moderna, una especie «culpable». Sin embargo, tanto más tenemos que insistir, pues asà lo exige la equidad, en que se la utilizó con buena conciencia, en que el sacerdote ascético la prescribió creyendo profundÃsimamente en la utilidad, más aún, en el carácter indispensable de la misma, — y, con bastante frecuencia, casi derrumbándose él mismo ante los ayes de dolor que él producÃa; digamos asimismo que las vehementes revanchas fisiológicas de tales excesos, e incluso acaso las perturbaciones espirituales, no contradicen propiamente en el fondo al sentido global de esa especie de medicación: pues, como antes mostramos, ésta no tendÃa a curar enfermedades, sino a combatir el desplacer de la depresión, a aliviarlo, a adormecerlo. Semejante meta se alcanzaba también asÃ. El principal ardid que el sacerdote ascético se permitÃa para hacer resonar en el alma humana toda suerte de música arrebatadora y extática consistÃa —lo sabe todo el mundo— en aprovecharse del sentimiento de culpa. La procedencia del mismo la ha señalado brevemente el tratado anterior —como un fragmento de psicologÃa animal, como nada más que eso: en él el sentimiento de culpa se nos presentó, por asà decirlo, en estado bruto. Sólo en manos del sacerdote, ese auténtico artista en sentimientos de culpa, llegó a cobrar forma —¡oh, qué forma! El «pecado» —pues asà habla la reinterpretación sacerdotal de la «mala conciencia» animal (de la crueldad vuelta hacia atrás)— ha sido hasta ahora el acontecimiento más grande en la historia del alma enferma: en el pecado tenemos la estratagema más peligrosa y más nefasta de la interpretación religiosa. El hombre, sufriendo de sà mismo de algún modo, en todo caso de un modo fisiológico, aproximadamente como un animal que está encerrado en una jaula, sin saber con claridad por qu_ y para qué, anhelante de encontrar razones —pues las razones alivian—, y anhelante también de encontrar remedios y narcóticos, termina por pedir consejo a alguien que conoce incluso lo oculto, y he aquà que recibe una indicación, recibe de su mago, del sacerdote ascético, la primera indicación acerca de la «causa» de su sufrimiento: debe buscarla dentro de sÃ, en una culpa, en una parte del pasado, debe entender su propio sufrimiento como un estado de pena… El desventurado ha escuchado, ha comprendido: ahora le ocurre como a la gallina en torno a la cual se ha trazado una raya: no vuelve a salir de ese cÃrculo de rayas: el enfermo se ha convertido en «el pecador…» Y ahora no nos libramos del aspecto de ese nuevo enfermo, «el pecador», durante algunos milenios —¿nos libraremos alguna vez?—, mÃrese a donde se mire, en todas partes aparece la mirada hipnótica del pecador, que se mueve siempre en una sola dirección (en dirección a la «culpa», considerada como causalidad única del sufrimiento); en todas partes, la mala conciencia, esa bestia horrible (grewliche thier), para decirlo con palabras de Lutero; en todas partes, el pasado rumiado de nuevo, la acción tergiversada, los «malos ojos» para cualquier obrar; en todas partes, el querer—malentender el sufrimiento, convertido en contenido de la vida, el reinterpretar el sufrimiento como sentimientos de culpa, de temor, de castigo; en todas partes, las disciplinas, el cilicio, el cuerpo dejado morir de hambre, la contrición; en todas partes el pecador que se impone a sà mismo el suplicio de la rueda, la rueda cruel de una conciencia inquieta, enfermizamente libidinosa; en todas partes, el tormento mudo, el temor extremo, la agonÃa del corazón martirizado, los espasmos de una felicidad desconocida, el grito que pide «redención». De hecho, con este sistema de procedimientos se consiguió superar de raÃz la vieja depresión, la vieja pesadez y la vieja fatiga; de nuevo la vida volvió a ser muy interesante: despierta, eternamente despierta, insomne, ardiente, carbonizada, extenuada, y, sin embargo, no cansada —asà es como se conducÃa el hombre, «el pecador», iniciado en esos misterios. Ese viejo y gran mago en la lucha contra el desplacer, el sacerdote ascético —evidentemente habÃa triunfado, su reino habÃa llegado: la gente no se quejaba ya contra el dolor, sino que lo anhelaba. «¡Más dolor! ¡Más dolor!», asà gritó durante siglos el anhelo de sus discÃpulos e iniciados. Todo desenfreno del sentimiento que causase daño, todo lo que quebrantaba, trastornaba, aplastaba, extasiaba, embelesaba, el misterio de las cámaras de tortura, la capacidad inventiva del mismo infierno —todo eso se hallaba ahora descubierto, adivinado, aprovechado, todo estaba al servicio de hechicero, todo sirvió en lo sucesivo a la victoria de su ideal, del ideal ascético… «Mi reino no es de este mundo»[110] —seguÃa diciendo ahora igual que antes: ¿tenÃa realmente derecho a seguir hablando asÃ?… Goethe afirmó que únicamente existen treinta y seis situaciones trágicas[111]: esto permite adivinar, aunque no supiéramos ninguna otra cosa, que Goethe no fue un sacerdote ascético. Éste — conoce un número mayor…