Más allá del bien y del mal
Más allá del bien y del mal La diversidad de los seres humanos se muestra no sólo en la diversidad de sus tablas de bienes, es decir, en el hecho de que consideren deseables bienes distintos y estén en desacuerdo entre sà también sobre el valor mayor o menor, sobre la jerarquÃa de los bienes reconocidos por todos: —esa diversidad se muestra más todavÃa en lo que consideran qué es te neryposeer realmente un bien. En lo que se refiere a una mujer, por ejemplo, el más modesto considera ya que disponer de su cuerpo y gozar sexualmente de él constituyen indicio suficiente y satisfactorio del tener, del poseer; otro, acuciado por una sed más suspicaz y más exigente de posesión, ve «el signo de interrogación», el carácter meramente aparente de tal tener, y quiere pruebas más sutiles, ante todo para saber si la mujer no sólo se entrega a él, sino que también deja por él lo que tiene o le gustarÃa tener —: sólo asà la considera «poseÃda». Pero un tercero tampoco ha llegado aún con eso al final de su desconfianza y de su voluntad de tener, éste se pregunta si la mujer, cuando deja todo por él, no lo hace por un fantasma de él: quiere primero ser bien conocido a fondo, conocido incluso en sus abismos, para poder ser en absoluto amado, él se atreve a dejarse adivinar. —Siente que la amada está completamente en posesión suya tan sólo cuando la amada ya no se engaña sobre él, cuando lo ama por su condición diabólica y su oculta insaciabilidad tanto como por su bondad, paciencia y espiritualidad. Hay quien querrÃa poseer un pueblo: y para esa finalidad le parecen bien todas las artes superiores de Cagliostro y de Catilina. Otro, con una sed más sutil de posesión, se dice: «no es lÃcito engañar cuando se quiere poseer» —, se siente irritado e impaciente al pensar que es una máscara de él la que manda sobre el corazón del pueblo: «¡por lo tanto, tengo que dejarme conocer y, primero, conocerme a mà mismo!» Entre hombres serviciales y benéficos encontramos de modo casi regular aquel torpe ardid consistente en formarse una idea corregida de la persona a que se trata de ayudar: pensando, por ejemplo, que ésta «merece» ayuda, que anhela precisamente su ayuda, y que se mostrará profundamente agradecida, adicta y sumisa a ellos por toda su ayuda, —con estas fantasÃas disponen de los necesitados como de una propiedad suya, al igual que son hombres be—néficos y serviciales por un anhelo de propiedad. Los encontramos celosos cuando nos cruzamos con ellos o nos adelantamos a ellos en el prestar ayuda. Los padres hacen involuntariamente del hijo algo semejante a ellos —a esto lo llaman «educación» —, ninguna madre duda, en el fondo de su corazón, de que al dar a luz al hijo ha dado a luz una propiedad suya, ningún padre discute el derecho de que le sea lÃcito someterlo a sus conceptos y valoraciones. Incluso en otros tiempos a los padres parecÃales justo el disponer a su antojo de la vida y la muerte del recién nacido (como ocurrÃa entre los antiguos alemanes). Y al igual que el padre, también ahora el maestro, el estamento, el sacerdote, el prÃncipe continúan viendo en cada nuevo ser humano una ocasión cómoda de adquirir una nueva posesión. De lo cual se sigue...