Más allá del bien y del mal
Más allá del bien y del mal Entre las cosas que tal vez le resulten más difÃciles de comprender a un hombre aristocrático está la vanidad: se sentirá tentado a negarla incluso allà donde otra especie de hombre cree asirla con ambas manos. El problema para el hombre aristocrático consiste en representarse unos seres que buscan despertar acerca de sà mismos una buena opinión que ellos mismos no tienen de sà - y, por lo tanto, tampoco «merecen» -, y que posteriormente creen, sin embargo, en esa buena opinión. Esto le parece al hombre aristocrático, por un lado, algo tan falto de gusto y de respeto para consigo mismo, y, por otro, algo tan barrocamente irracional que le gustarÃa concebir la vanidad como una excepción, y en la mayorÃa de los casos en que se habla de ella, la pone en duda. Dirá, por ejemplo: «Yo puedo equivocarme sobre mi valor y, por otro lado, exigir, sin embargo, que mi valor sea reconocido también por otros exactamente tal como yo lo establezco, - pero eso no es vanidad (sino presunción o, en los casos más frecuentes, eso que se llamà humildad' o también `modestia')». O también: «Yo puedo alegrarme, por muchas razones, de la buena opinión de los demás sobre mÃ, acaso porque los honro y amo y me alegro de cada una de sus alegrÃas, acaso también porque su buena opinión confirma y refuerza en mà la fe en mi propia buena opinión, acaso porque la buena opinión de los otros, incluso en los casos en que yo no la comparta, me es útil o promete serlo, - pero nada de esto es vanidad». De manera forzada, especialmente con ayuda de la ciencia histórica, es como el hombre aristocráti-co tiene que formarse la idea de que, desde tiempos inmemoriales, en todas las capas populares dependientes de alguna manera el hombre vulgar era sólo aquello que valÃa: - no estando habituado de ningún modo a establecer valores por sà mismo, el hombre vulgar ni siquiera a sà mismo se atribuÃa un valor distinto del que sus señores le atribuÃan (el auténtico derecho señorial es el de crear valores). Sin duda habrá que considerar como consecuencia de un atavismo enorme el hecho de que, todavÃa ahora, el hombre ordinario continúe aguardando siempre una opinión acerca de sÃ, y luego se someta instintivamente a ella: pero no tan sólo, en modo alguno, a una «buena» opinión, sino también a una opinión mala e injusta (piénsese, por ejemplo, en la mayor parte de las autoapreciaciones y autodepreciaciones que las mujeres crédulas aprenden de sus confesores, y que en general el cristiano crédulo aprende de su Iglesia). De hecho ahora, merced a la lenta aparición en el horizonte del orden democrático de las cosas (y de su causa, la mezcla de sangre entre señores y esclavos), el impulso originariamente aristocrático y raro a atribuirse un valor a sà mismo desde sà mismo y a «pensar bien» de sà se verá alentado y se extenderá cada vez más: pero ese impulso tiene en todo momento contra sà una tendencia más antigua, más amplia, arraigada más básicamente, - y en el fenómeno de la «vanidad» esa tendencia más antigua predomina sobre la más reciente. El vanidoso se alegra de toda buena opinión que oye acerca de sà mismo (totalmente al margen de todos los puntos de vista de la utilidad de esa opinión, y prescindiendo asimismo de que sea verdadera o falsa), de igual modo que sufre por toda opinión mala: pues se somete a ambas, se siente sometido a ellas, merced a aquel antiquÃsi-mo instinto de sumisión que en él se abre paso. - «El esclavo» que hay en la sangre del vanidoso, residuo de la picardÃa del esclavo - ¡y cuánto «esclavo» perdura aún ahora, por ejemplo, en la mujer! -, ése es el que intenta llevarnos engañosamente a tener buenas opiniones sobre él; es asimismo el esclavo el que luego se prosterna enseguida ante esas opiniones, como si no las hubiera producido. - Y, dicho una vez más: la vanidad es un atavismo.