Más allá del bien y del mal
Más allá del bien y del mal Cuanto más se vuelve un psicólogo - un psicólogo y adivinador de almas nato, inevitable - hacia los casos y los hombres más selectos, tanto más aumenta su peligro de asfixiarse de compasión: más que ningún otro hombre necesita él dureza y jovialidad. La corrupción, la ruina de los hombres superiores, de las almas de constitución más extraña, representan en erecto la regla es terrible tener siempre ante los ojos semejante regla. La multiforme tortura del psicólogo que ha descubierto esa ruina, que ha descubierto primero una vez, y luego casi siempre, toda esa «incurabilidad interna» del hombre superior, ese eterno «demasiado tarde » en todos los sentidos , a lo largo de la historia entera, - puede llegar quizá a convertirse un dÃa en causa de que se vuelva con amargura contra su propia suerte y haga un ensayo de autodestrucción, - de que se «corrompa» a sà mismo. Casi en todos los psicólogos percibiremos una propensión y un placer delatores a tratar con hombres ordinarios y bien ordenados: en esto se delata que ellos precisan siempre de una curación, que necesitan una especie de huida y olvido, lejos de aquello que sus penetraciones e incisiones, que su «oficio», han hecho pesar sobre su conciencia. El miedo a su memoria es peculiar de ellos. Ante el juicio de otros enmudecen fácilmente: con rostro inmóvil escuchan cómo la gente honra, admira, ama, glorifica, allà donde ellos han visto, - o incluso encubren su mutismo asintiendo de modo expreso a una opinión superficial cualquiera. Acaso la paradoja de su situación llegue tan terriblemente lejos que la muchedumbre, los cultos, los entusiastas aprendan por su parte el gran respeto justo allà donde ellos han aprendido la gran compasión al lado del gran desprecio, - el respeto a los «grandes hombres» y animales prodigiosos por causa de los cuales se bendice y se honra a la patria, a la tierra, a la dignidad de la humanidad, a sà mismo, y que son propuestos a la juventud como modelo para su educación... Y quién sabe si hasta ahora no ha venido ocurriendo en todos los grandes casos cabalmente lo mismo: que la muchedumbre adoraba a un dios, - ¡y que el «dios» no era más que un pobre animal para el sacrificio! El éxito ha sido siempre el máximo mentiroso, - y la «obra» misma es un éxito; el gran estadista, el conquistador, el descubridor están envuel-tos en el disfraz de sus creaciones hasta el punto de resultar irreconocibles; la «obra», la del artista, la del filósofo, ella es la inventora de quien la ha creado, de quien la habrÃa creado; los «grandes hombres», tal como se los venera, son poemas pequeños y malos compuestos con posterioridad; en el mundo de los valores histó ricos domina la moneda falsa. Por ejemplo, esos grandes poetas, esos Byron, Musset, Poe, Leopar-di, Kleist, Gogol, - tal como están ahora ahÃ, tal como acaso tienen que estar: hombres de instantes, hombres entusiasmados, sensuales, pueriles, hombres inconsiderados y súbitos en la desconfianza y en la confianza; en cuyas almas se disimula de ordinario una grieta; que a menudo se vengan con sus obras de un ensuciamiento interno; que a menudo buscan con sus vuelos olvidarse de una memoria demasiado fiel, que a menudo se extravÃan en el fango y casi se enamoran de él, hasta volverse iguales a fuegos fatuos que vagan en torno a los pantanos y simulan ser estrellas - el pueblo los llama entonces idealistas, - que a menudo luchan con una náusea prolongada, con un fantasma de incredulidad que siempre retorna, el cual los hace frÃos y los fuerza a desvivirse por la gloria y a devorar la «fe en sà mismos» tomándola de las manos de aduladores ebrios: - ¡qué tortura son estos grandes artistas y, en general, los hombres superiores para quien los ha descifrado una vez! Resulta muy comprensible que sea justamente de parte de la mujer - la cual es clarividente en el mundo del sufrimiento y, por desgracia, también está ansiosa de ayudar y salvar, más allá de sus fuerzas - de quien experimenten ellos con mucha facilidad aquellos estallidos de compasión ilimitada y abnegadÃsima que la muchedumbre, ante todo la muchedumbre que venera, no entiende y sobre las cuales acumula interpretaciones llenas de curiosidad y autosatisfacción. Esa compasión se engaña ordinariamente con respecto a su fuerza; la mujer quisiera creer que el amor todo lo puede, - es su auténtica fe. ¡Ay, quien conoce el corazón adivina cuán pobre, estúpido, desamparado, presuntuoso, desacertado, más fácilmente destructor que salvador es incluso el amor mejor y más hondo! - Es posible que bajo la fábula y el disfraz sagrados de la vida de Jesús se esconda uno de los casos más dolorosos de martirio del saber acerca del amor: el martirio del corazón más inocente y más lleno de deseos, que nunca habÃa tenido bastante con ningún amor de hombre, que exigÃa amor, ser-amado y nada más, con dureza, con insensatez, con explosiones terribles contra quienes le rehusaban su amor; la historia de un pobre insaciado e insaciable en el amor, que tuvo que inventar el infierno para enviar a él a quienes no querÃan amarlo, - y que al fin, habiendo alcanzado saber acerca del amor humano, tuvo que inventar un dios que es totalmente amor, totalmente capacidad-de-amar, - ¡que se compadece del amor humano por ser éste tan pobre, tan ignorante! Quien asà siente, quien tiene tal saber acerca del amor, - busca la muerte. - ¿Mas por qué entregarse a estas cosas dolorosas? Suponiendo que no haya que hacerlo. -