Más allá del bien y del mal
Más allá del bien y del mal Durante el perÃodo más largo de la historia humana —se lo llama la época prehistórica —el valor o el no valor de una acción fueron derivados de sus consecuencias: ni la acción en sà ni tampoco su procedencia eran tomadas en consideración, sino que, de manera parecida a como todavÃa hoy en China un honor o un opro—bio rebotan desde el hijo a sus padres, asà entonces era la fuerza retroactiva del éxito o del fracaso lo que inducÃa a los hombres a pensar bien o mal de una acción. Denominemos a este perÃodo el perÃodo premoral de la humanidad: el imperativo «¡conócete a ti mismo! » era entonces todavÃa desconocido. En los últimos diez milenios, por el contrario, se ha llegado paso a paso tan lejos en algunas grandes superficies de la tierra que ya no son las consecuencias, sino la procedencia de la acción, lo que dejamos que decida sobre el valor de ésta: esto representa, en conjunto, un gran acontecimiento, un considerable refinamiento de la visión y del criterio de medida, la repercusión inconsciente del dominio de valores aristocráticos y de la fe en la «procedencia», el signo distintivo de un perÃodo al que es lÃcito denominar, en sentido estricto, perÃodo moral: la primera tentativa de conocerse a sà mismo queda asà hecha. En lugar de las consecuencias, la procedencia: ¡qué inversión de la perspectiva! ¡Y, con toda seguridad, una inversión conquistada tras prolongadas luchas y vacilaciones! Desde luego: una funesta superstición nueva, una peculiar estrechez de la interpretación lograron justo por esto conquistar el dominio: se interpretó la procedencia de una acción, en el sentido más preciso del término, como procedencia derivada de una intención; se acordó creer que el valor de una acción reside en el valor de su intención. La intención, considerada como procedencia y prehistoria enteras de una acción: bajo este prejuicio se ha venido alabando, censurando, juzgando, también filosofan—do, casi hasta nuestros dÃas. —¿No habrÃamos arribado nosotros hoy a la necesidad de resolvernos a realizar, una vez más, una inversión y un desplazamiento radical de los valores, gracias a una autognosis y profundización renovadas del hombre, —no nos hallarÃamos nosotros en el umbral de un perÃodo que, negativamen—te, habrÃa que calificar por lo pronto de extramora1 hoy, cuando al menos entre nosotros los inmoralistas alienta la sospecha de que el valor decisivo de una acción reside justo en aquello que en ella es no—intencionado, y de que toda su intencionalidad, todo lo que puede ser visto, sabido, conocido «consciente—mente» por la acción, pertenece todavÃa a su superficie y a su piel, —la cual, como toda piel, delata algunas cosas, pero oculta más cosas todavÃa? En suma, nosotros creemos que la intención es sólo un signo y un sÃntoma que precisan de interpretación, y, además, un signo que significa demasiadas cosas y que, en consecuencia, por sà solo no significa casi nada, creemos que la moral, en el sentido que ha tenido hasta ahora, es decir, la moral de las intenciones, ha sido un prejuicio, una precipitación, una provisionalidad acaso, una cosa de rango parecido al de la astrologÃa y la alquimia, pero en todo caso algo que tiene que ser superado. La superación de la moral, y en cierto sentido incluso la autosuperación de la moral: acaso sea éste el nombre para designar esa labor prolongada y secreta que ha quedado reservada a las más sutiles y honestas, también a las más maliciosas de las conciencias de hoy, por ser éstas vivientes piedras de toque del alma. —