Más allá del bien y del mal
Más allá del bien y del mal 55
Existe una larga escalera de la crueldad religiosa que consta de numerosos peldaños; pero tres de éstos son los más importantes. En otro tiempo la gente sacrificaba a su dios seres humanos, acaso precisamente aquellos a quienes más amaba, —a esta categorÃa pertenecen los sacrificios de los primogénitos, caracterÃsticos de todas las religiones prehistóricas, y también el sacrificio del emperador Tiberio en la gruta de Mitra, de la isla de Capri, el más horrible de todos los anacronismos romanos. Después, en la época moral de la humanidad, la gente sacrificaba a su dios los instintos más fuertes que poseÃa, la «naturaleza» propia; esta alegrÃa festiva brilla en la cruel mirada del asceta, del hombre entusiásticamente «antinatural». Finalmente, ¿qué quedaba todavÃa por sacrificar? ¿No tenÃa la gente que acabar sacrificando alguna vez todo lo consolador, lo santo, lo saludable, toda esperanza, toda fe en una armonÃa oculta, en bienaventuranzas y justicias futuras?, ¿no tenÃa que sacrificar a Dios mismo y, por crueldad contra sÃ, adorar la piedra, la estupidez, la fuerza de la gravedad, el destino, la nada? Sacrificar a Dios por la nada —este misterio paradójico de la crueldad suprema ha quedado reservado a la generación que precisamente ahora surge en el horizonte: todos nosotros conocemos ya algo de esto. —
56