Mi hermana y yo

Mi hermana y yo

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CAPÍTULO SÉPTIMO

1

Estoy pagando un alto precio por los seductores sueños de mi juventud; sin duda el dinero con el cual se pagan esas deudas, merma a medida que envejecemos; pagamos en moneda de oro la escoria que hemos recibido. Hay intervalos en esta casa en que parece que el mundo entero se desata en gritos delirantes y salvajes cacareos, a los que hace eco el sonido de la corneta de un lunático bávaro que cree ser el ángel Gabriel convocando a los muertos al juicio final. Estoy sumergido en la noche de Santa Valburga, el alma alumbrada por los relámpagos. Los alaridos de las brujas espantan y sus semblantes se esfuman en dos rostros de mujer, uno iluminado y otro oscuro.

Como la visión del malayo de De Quincey producida por el opio, el «rostro oscuro» me aterroriza, mientras que el «rostro iluminado» me recuerda que la «lujuria» lleva una máscara angelical, detrás de la cual el demonio del deseo primario le sonríe a las ilusiones de la juventud que se inclinan hacia la gran aventura del romance.



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