Mi hermana y yo
Mi hermana y yo La lujuria ha logrado enseñarme más que la literatura, y todas las bibliotecas que he devorado son palabras huecas en comparación con los besos perjuros de la condesa, de Circe que transformaba a sus amantes en cerdos. Contrariamente a la oscura flor de la India que encontré una vez en un burdel de Colonia, esta belleza rubia de Bonn parecía tan distante y casta como los iluminados picos del Siebengebirge, y sus claros cabellos resplandecían como las luces de los vendimiadores que vislumbraban mis ojos, cuando siendo estudiante retornaba del subyugante Rin.
El aspecto exterior de un ser humano o de un edificio tiene poca relación con el contenido interior del cuerpo o de la estructura arquitectónica. Aprendí por primera vez de la condesa, que los pensamientos sólo son máscaras que ocultan nuestras verdaderas ideas sobre nosotros mismos o sobre el mundo: no manifestamos nuestros pensamientos porque a menudo no nos atrevemos a admitirlos.
En Pforta encontré por primera vez a la condesa y nuestro común interés por Humboldt nos acercó. Yo creí que compartía mi pasión por Humboldt, pero a los quince años todavía no comprendía que las mujeres piensan a través de su vagina, y que se aterran a cualquier cosa —hasta a Humboldt— para apagar las llamas de su pasión uterina.