Mi hermana y yo
Mi hermana y yo La condesa, que tenía treinta años, soportaba la angustia del adulterio con calma considerable, observaba la inexperiencia de mi juventud con cierto horror voluptuoso y temía cuando, torpe y toscamente, se aproximaba Martín (le gustaba identificarme con Lutero para agregar así un estímulo a su voluptuosidad) y, al mismo tiempo, para incitarme a explosiones de exuberancia erótica cada vez mayores. Yo era el sátiro que perseguía al fauno gracial y aristocrático, y ella gozaba el refinamiento de su pecado, purificando el vulgar libertinaje de mis abrazos con la fría presencia de su frivolidad.