Mi hermana y yo

Mi hermana y yo

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Jamás se me ocurrió sospechar que cualquiera de la familia (u otra de las principales figuras que intervinieron en nuestras vidas, no relacionadas por lazos de sangre), pudiera llegar a saber la intimidad entre Elisabeth y yo, hasta el día que tía Rosalía me llamó a la vera de su lecho mortuorio. No me sorprendí cuando pidió bruscamente a mi madre que me dejase solo con ella. Tía Rosalía siempre se erigió en mi primer personaje, el eslabón entre mi vida hogareña y los horizontes más amplios que me reclamaban. Sólo reproduciéndola por completo puedo hacer justicia a la conversación que tuvimos:

Sabes, Fritz, que me muero, susurró.

Espero que no, tía Rosalía, dije fervientemente.

La esperanza no ayuda, Fritz. El hecho es que me estoy muriendo y apresurarás mi muerte si me haces examinar toda esta basura sobre lo que puede ser y no debe ser. Es importante reconocer que yo me muero y tú vas a continuar viviendo. ¿Nos entendemos?

Sí, tía Rosalía.

Quiero hacerte saber que te dejo una buena parte de mi dinero. Eso te ayudará a sobrellevar algunos momentos difíciles.

Gracias, tía Rosalía.


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