Mi hermana y yo
Mi hermana y yo 1
Obtendremos por medios mágicos lo que no podemos conseguir mediante la fe: En consecuencia, me consagré a la magia. Con la vehemencia de Fausto traté de asaltar el reino de la vida desenfrenada, y mantuve en mis brazos a la desnuda Helena, gritando con Fausto luego de su violento estupro: ¡La pasión es todo, en todo!
En este eje faustiano de ilimitada lujuria medité en Tautenburg, sobre el horror de Elisabeth y su grupo de antisemitas que claman por la sangre de los judíos, pero consideran el amor fuera del vínculo matrimonial como el pecado contra el Espíritu Santo, para el cual no hay perdón en el cielo o en el infierno.
Mi gran pecado no era amar a mi Helena eslava con el mayor abandono, sino en someterme al miedo goethiano de la carne, que intelectualizaba y espiritualizaba la palpitante desnudez de una mujer hasta que sólo quedaba un símbolo de la cultura del Renacimiento. ¡El errabundo y su sombra! La duda dialéctica del Mefistófeles de Goethe hizo presa de mí: El infierno es donde estamos, y donde esté el infierno, allí debemos permanecer, aun en el Edén de Tautenburg con mi Eva desnuda.
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