Mi hermana y yo
Mi hermana y yo Después de alcanzar la última sabiduría socrática: sólo sé que no sé nada, me entregué en manos del diablo para esclarecer mi mente. Pude elegir entre la crucifixión con Cristo y la crucifixión en el cuerpo de mi amada discípula, pero elegí la última alternativa, porque era una dulce agonía, una agonía de gloria.
Contrapesé la luterana estupidez de mi hermana con una parte del talento de Fausto; de acuerdo con el símil que usé en Ecce Homo, tragué un frasco de dulce para librarme de un sabor amargo.
¿Y qué gané al abandonar el palpitante cuerpo de Helena hundiéndome como Fausto, por mi humanitario esfuerzo que disfracé en mi filosofía del Superhombre, de la cual se posesionaron los socialistas para introducir el Superhombre colectivo, la sociedad comunista, el triunfo del «populacho»?
Cuando sumergí mi mente en esas profundidades, encontré, como Lucrecio, un fondo insondable, y grité con Zaratustra:
¡Lo terrible no es la altura, sino la pendiente!
La pendiente, desde la cual la mirada se precipita hacia lo profundo, y las manos se extienden hacia la cumbre. Allí se apodera del corazón el vértigo de su doble voluntad.
¡Ah, amigos!, ¿adivináis también la doble voluntad de mi corazón?