Mi hermana y yo

Mi hermana y yo

Mamá vino a verme hoy para decirme que Elisabeth ha arreglado sus asuntos en Paraguay[1], y vuelve a Alemania para quedarse con nosotros definitivamente. Durante unas semanas me permití el lujo de despreocuparme de su presencia en parte alguna. Mamá me asegura nuevamente que jamás hubiera enfermado si Elisabeth hubiese estado aquí, en lugar de ayudar a su loco marido en América del Sur a sembrar semillas de odio a través del Atlántico sur. No tengo nada que decirle sobre esto. Podría contestarle que quizás no hubiera necesitado ayuda alguna si no fuera por la interferencia inicial de Elisabeth en mi vida. Si hiciera eso, debía hacerle saber también la verdadera situación de las relaciones entre sus hijos, y entonces, casi inmediatamente, nos hubieran confinado a los dos en lugar de uno solo.

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Si hubiera cedido a las llamadas de mi naturaleza primaria que en todo hombre clama por paz en el statu quo, hubiera podido ser tanto músico como teólogo. Sin duda, habría llegado a ser una gran mediocridad en cualquiera de los casos. Mi elección final, la de convertirme en filósofo, fue realmente un acto de profunda cobardía. En primer lugar, tenía miedo de jamás alcanzar la grandeza de un Wagner; y, en segundo lugar, no admitía ser el segundo violín de nadie, ni siquiera de Dios.

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