Mi hermana y yo
Mi hermana y yo No creía en el solemne predicamento de Salomón, hasta que conocí a mi Helena rusa. Pero él no tenía una, sino mil vaginas insaciables con quienes combatir. Esto era demasiado para cualquier hombre, aun para Salomón, que fue el único judío con pasión por el imperio, y ansiaba extender las fronteras de su reino hasta los confines de la tierra. El ansia judía del poder alcanzó en él esta gloriosa cúspide: tratar de incorporar el cielo y la tierra bajo el estandarte de Jehová, imponiendo en el mundo de la barbarie la Pax Judaica.
Lou, como un Salomón hembra (Hipatia fue su precursora) tenía la misma ambición de dominar el mundo del cuerpo, mente y espíritu, y ella creía que yo lo encarnaba. Gobernándome, podía llegar a dominar el mundo, pero su destino anatómico la derrotó.
Sólo las grandes meretrices como Pompadour y Montespan podían dirigir al mundo desde sus alcobas, pero tenían el consentimiento de sus amantes los soberanos, que eran idiotas. Pero yo no soy idiota, a pesar de los informes de los psiquiatras, que sólo se basan en datos estadísticos falsos.
Comunicaré estos pensamientos a mí amigo Strindberg; el pobre hombre sufre constantemente de disgustos femeninos y se sorprenderá al descubrir que el profesor Nietzsche era un compañero de sufrimiento.
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