Mi hermana y yo

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Lutero comprendió los peligros y confusiones de fabricar un dios cuando escribió: «Las tentaciones de la carne son nimiedades; cualquier mujer puede ponerles fin. Pero Dios nos preserve de las tentaciones que sustenta la eternidad. Entonces cesamos de saber quién es Dios y quién es el Diablo. Hasta comenzamos a preguntarnos si el Diablo no será Dios».

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Fue Schopenhauer quien descubrió que el ciego y destructivo Diablo era Dios, mediante el mero proceso de imaginar su propia naturaleza bruta dentro del cosmos en la forma prevista por Jenófanes.

Si el socialista cree que he puesto un déspota prusiano en el sitio vacío del Señor, está autorizado a creerlo. Ya he insistido hace mucho que un filósofo no puede separarse de su filosofía y esconderse tras la cortina de la omnisciencia cósmica. Hasta el mismo Lutero creó a su Dios a imagen del Diablo que temía; una deidad inmoral y prelógica que no tenía más relación con el Jehová de Jesús, el Dios de la absoluta justicia, que con el Baal de Canaán que pedía la violación de las vírgenes para que la lluvia seminal descendiera de los cielos y las cosechas surgieran de la tierra.

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¿No dijo Lutero?: ¡Ay!, el demonio tiene una fortaleza desde donde nos ataca; nuestra carne y nuestra sangre le pertenecen.


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