Mi hermana y yo

Mi hermana y yo

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Si nuestra carne y nuestra sangre pertenecen al demonio, no gozamos de mejor salud mental que los obispos en la dieta de Augsburgo, quienes, según Lutero, estaban tan llenos de demonios como los perros de pulgas. Y cuando Lutero insistía en que cualquier mujer puede poner fin a las insignificantes tentaciones de la carne, se contradecía, ya que a través de la mujer, el demonio extiende sus dominios desde la carne y la sangre del hombre hasta su mente y su alma. ¡Lutero debía saber esto, porque dividió al reino de Cristo en miles de fragmentos sectarios para poder seducir a una monja bajo los correspondientes auspicios del santo matrimonio!

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Desde aquellos tiempos de mi niñez en que mis compañeros escolares me apodaban el pequeño pastor, siempre he vivido bajo el dominio temeroso del pensamiento luterano conducido por el demonio y heredado de mis padres, tíos y tías luteranos.

El deseo de raptar una monja se transfirió aquí al convento de Naumburg, y Lama, inmaculada y pura como cualquier abadesa medieval, envalentonó los oscuros y demoníacos impulsos de mi mente luterana.


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