Mi hermana y yo
Mi hermana y yo Raúl Rée, Georg Brandes, Leo Berg, Maximiliano Harden, y hasta la misma Salomé, han visto en mí a un campeón de la judería masacrada, y cuando solté los leones y el Occidente cristiano perdió miembro tras miembro, hubo alegría en Jerusalén, porque osé rasgar las máscaras de los seudocristianos que ruegan a Cristo, pero hacen los trabajos de César cada día de sus paganas vidas.
Mis amigos judíos nunca tomaron en serio mi antijudaísmo, porque conocían mi locura derivada de haber confundido el trueno del Sinaí con el nauseabundo llanto y la piedad del calvario.
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Comencé a comprender que el cristiano no era sino el confundido, indisciplinado y exhausto judío que en su budista desesperación volvióse en nihilismo y pogroms para afirmar el poder de su voluntad.
Yo acosé a los Apóstoles. (Impúdica chusma, ¡osan compararse a los profetas!). Comprendí el retumbo del trueno de Jehová y grité: ¿Qué le debe Europa al judío? ¡Una grandiosa escuela de moralidad, la temeridad y majestuosidad de infinitas exigencias y de infinitos significados!