Mi hermana y yo

Mi hermana y yo

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Hasta que un colapso nervioso lo trajo aquí, era un corredor de Bolsa que utilizaba el clásico bagaje de triquiñuelas del comerciante para comprar barato y vender caro. Sus ocupaciones lo llevaban al escritorio alrededor de las diez cada mañana y lo abandonaba cerca de las cuatro y media por la tarde. Durante esas seis horas, y con la ayuda de un grupo de cuatro o cinco empleados más o menos inocentes, manipulaba en grupos de alza y baja las acciones que necesitaban los más perversos para llevar adelante sus amplios proyectos de pillaje.

Cuando volvía a su confortable hogar, asumía el papel que a todo burgués alemán le agrada desempeñar, el papel del ciudadano recto y religioso. Cuando cansaba a su familia con sus historias para justificarse a sí mismo, llamaba a sus vecinos. Cuando se cansaban los vecinos, acudía a los miembros prominentes de su iglesia. Y cuando todos ellos estaban exhaustos, recordaba la lista de contribuyentes. Con toda esta gente sólo hablaba de un tema único: sus propias ganancias eran obtenidas honestamente y con el debido temor de Dios; los beneficios de sus competidores, por supuesto conseguidos a sus expensas, era dinero mal habido en la forma más baja de deshonestidad y depravación. ¿Cómo sé lo que decía a toda esta gente? Porque llegó a mí, después de agotar el padrón de contribuyentes.


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